martes, 1 de noviembre de 2016

Cambia todo Cambia ...Dan de baja becas para deportistas de alto rendimiento

En el marco del ajuste que el gobierno de Mauricio Macri lleva adelante, ahora se conoció que el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD) no dará más becas. 

El Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD), que depende de la Secretaría de Deportes que conduce el dirigente del PRO, Carlos Mac Allister, anunció que dará de baja las becas que otorgaba a los atletas olímpicos. Los deportistas mostraron su descontento a través de las redes sociales.
“Catorce años me llevó alcanzar el sueño de ser Olímpico, logrando una marca que me coloca entre los diez mejores maratonistas de la historia Argentina. Desde enero de este año, comencé a recibir una Beca del ENARD, 10 meses de becas fueron suficientes para los analistas. Ayer me comunicaron que se me daba de baja de dicho apoyo”, escribió el maratonista Luis Molina en su cuenta de Facebook y aclaró que seguirá compitiendo “sin apoyo del Estado Nacional”.
Por su parte, María Peralta, también maratonista Olímpica, publicó en su cuenta: “Ayer me comunicaron desde el ENARD que se me daba de baja a la beca que recibo mensualmente por representación nacional ($6000). Nada es para siempre, eso lo tengo bien claro. Esta Ley es algo muy bueno para el alto rendimiento deportivo en la Argentina. Me llevaré del atletismo muchos recuerdos lindos que superan ampliamente el tema becas”, finalizó.
Vale recordar que el ENARD fue creado por Ley el 2 de diciembre de 2009, con el objetivo de recaudar un fondo especial para el desarrollo del deporte nacional. Por iniciativa del entonces Secretario de Deporte de La Nación, Claudio Morresi, y del presidente del Comité Olímpico Argentino, Gerardo Werthein, desde su funcionamiento ha otorgado miles de becas para atletas y entrenadores, tanto para el alto rendimiento como también para los deportistas en formación.
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domingo, 30 de octubre de 2016

10.6 segundos

FELIZ CUMPLE DIEGO !!!!
  
A continuacion el cuento 10,6 segundos de Hernan Casciari , publicado en la revista Orsai el Martes 29 de Enero del 2013.

Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.
Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.
También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.
Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.
En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.
Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos —nunca un juez tunecino había llegado tan lejos—, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.
Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.
De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.
Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.
Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.
Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrapié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.
No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.
Un escocés de apellido O’Connor —que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen— los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.
Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.
Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».
Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.
Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.
Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.
Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.
Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.
Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.
A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.
Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.
«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.
Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.
Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.
Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.
Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Butcher (que en el idioma del rival significa carnicero) perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.
Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos..., pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.
Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.
Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.
Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.
Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrapié.
Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.
Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.
Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.
Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.
Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.
El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.
Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.
Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.
¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.
En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.
«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después del exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.
En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que que jugó un solo Mundial, pero que tiene playas.
Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.
Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.
Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.
El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.
En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.
Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.
Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.
Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.
Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell’s; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.
Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.
Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.
Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor”.
Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.
En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.
No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.
Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.
El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.
Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.
Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.
Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.
Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.
Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.
Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:
«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como ‘la mano de Dios’ y el ‘del Siglo’».
Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.
Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».
Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton’s Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.
Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.
Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:
«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».
Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.
El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.
Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.
Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.
Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.
Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.
Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.
El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

lunes, 23 de mayo de 2016

Preocupante descripción de la situación del sistema judicial jujeño


La senadora nacional del Frente Para la Victoria (FPV) por Jujuy, Liliana Fellner, dio detalles de la preocupante intervención política que está realizando el gobernador radical, Gerardo Morales, en la justicia provincial.



“Estamos en una situación muy complicada en Jujuy. El pueblo de Jujuy eligió un gobernador para que sea gobernador y que las leyes se cumplan, no para que sea un emperador y que según él decida levantar o bajar el dedo una persona se salve o no”, afirmó la Senadora por Radio Del Plata.

Además indicó cómo es la respuesta del Poder Judicial que se encuentra bajo los manejos del oficialismo provincial: “Tras la aceptación de Máximo Kirchner como querellante por el fiscal Miranda, a mí me pusieron de testigo y hablé de lo que pasa en la justicia de Jujuy - paso seguido - hoy allanaron el Municipio del Carmen, municipio e intendente con los que yo más trabajo y donde incluso el viernes había estado en la inauguración de una obra”.

“El allanamiento fue por una causa del año 2012-2013, cerrada y archivada por el Tribunal de Cuentas de Jujuy”, explicó.

También relató la situación del abogado Alberto Nayar que realizó una denuncia por persecución ideológica. “Le llegó la suspensión de la matrícula firmada por el juez (Gastón) Mercau, yerno de la presidenta del Superior Tribunal de Justicia de Jujuy, ex diputada radical”, agregó Fellner.


Redacción En Orsai // Lunes 23 de mayo de 2016

lunes, 18 de abril de 2016

VOLVIERON LOS VISITANTES EN PCIA DE BUENOS AIRES

De los diecinueve integrantes del Gabinete de Eugenia Vidal, solo uno es nacido y criado en la provincia de Buenos Aires. Estos datos y más fueron revelados en un informe periodístico de la agencia de noticias Realpolitik. La Provincia de Buenos Aires tiene un gabinete sin ningún tipo de pertenencia a la región.  Informe completo:

Un GPS para Vidal. Este medio sondeó los antecedentes de todos los funcionarios que integran el gabinete de María Eugenia Vidal. De un total de 19, solo uno es nacido y criado en la provincia de Buenos Aires. El resto optó por vivir en CABA o incluso en el exterior durante, al menos, muchos años. No se salva ni la mismísima mandataria bonaerense.

Antes que nada, vale aclarar que es el ministro de Justicia bonaerense, Carlos Alberto Mahiques, el único funcionario del Gabinete de Vidal ciento por ciento bonaerense: nació en la localidad de Mercedes y tiene domicilio en Héroes de Malvinas 430.
Veamos al resto de los funcionarios, incluyendo a la mismísima gobernadora.
Vidal María Eugenia: A pesar de su insistencia en destacar su pertenencia a Morón, lo cierto es que la actual gobernadora bonaerense creció en el barrio de Flores y actualmente está domiciliada en Maldonado 5425, de Villa Lugano (Capital Federal). Realizó sus estudios en la Universidad Católica Argentina de Capital Federal. Fue legisladora porteña, ministra de Desarrollo Social de Mauricio Macri y finalmente vicejefa del gobierno de CABA.+
Federico Salvai: El actual ministro de Gobierno nació en Salta. “Dejé mi Salta natal y adopté a Buenos Aires como mi nueva casa”, confiesa en su página personal, pero refiriéndose no a la provincia sino a la ciudad porteña. Su actual domicilio es Sinclair 3045, piso 7 departamento B, de la Capital Federal. Fue jefe de Gabinete en el ministerio de Desarrollo Social de la ciudad desde 2008, luego asumió como secretario de Desarrollo Ciudadano y, finalmente, en octubre de 2013, fue electo legislador por CABA.
Eduardo Fabián Perechodnik: Actualmente es secretario General de la Gobernación, pero su domicilio es Callao 1441, de la paqueta Recoleta (Capital Federal). Proveniente de las filas de la UCR, habría sido cómplice de la estafa de varios senadores provinciales radicales que inventaron fundaciones para darse subsidios a sí mismos.
Roberto Gigante: El ministerio de Coordinación y Gestión Pública del gobierno de Vidal está radicado en calle Junín 1540 piso 2, de CABA. Desde 2007 trabajó en el equipo de Mauricio Macri en el ministerio de Hacienda como subsecretario de Gestión Operativa y en el 2010 fue jefe de Gabinete de esa misma cartera.
Cristian Ritondo: Es el nuevo ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, a pesar de haber nacido en Mataderos el 27 de julio de 1966. Fue legislador porteño en dos ocasiones. Además, fue precandidato a jefe de Gobierno de CABA en las elecciones de 2015, habiendo dado de baja su candidatura tras no poder levantar su alicaída imagen en las encuestas.
Hernán Lacunza: El ministro de Economía bonaerense, que se desempeñó como funcionario dentro del Banco Ciudad durante muchos años, no solo realizó sus estudios en universidades porteñas, sino que también está domiciliado en CABA, en Zapiola 2647 Piso 7 departamento B.
Edgardo David Cenzón: Es el flamante ministro de Infraestructura y Servicios Públicos. Estudió en la Ciudad de Buenos Aires pero nació en Marcos Juárez, Córdoba. Fue director de Compras porteño, donde habría “arreglado” licitaciones a gusto y piacere de Macri y sus amigos. Luego fue nombrado ministro de Ambiente y Espacio Público de la ciudad. Actualmente está radicado en Arribeños 1740 piso 9 (CABA).
Julio Conte Grand: El secretario de Legal y Técnica de Vidal, que se desempeñó como procurador General de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, tiene domicilio en Talcahuano 778 (CABA). Es, como se dice en la jerga popular, nacido y criado (NYC). Realizó sus estudios en la Universidad de Buenos Aires. Es el nexo entre el macrismo y Elisa Carrió.
Santiago López Medrano: Aunque nació en la localidad de San Martín, provincia de Buenos Aires, realizó sus estudios en la Universidad Católica Argentina, de Capital Federal. Fue subsecretario de Fortalecimiento Familiar y Comunitario porteño, hasta recalar el frente de la cartera de Desarrollo Social de la provincial.
Federico Suárez: Es el actual secretario de Comunicación bonaerense. Aunque nació en Laprida, provincia de Buenos Aires, vive en Capital Federal desde que se radicó allí para estudiar en la Universidad de San Andrés. Se desempeñó como asesor legislativo en la Ciudad de Buenos Aires, luego como director de Cultos y finalmente como subsecretario de Contenidos. Su domicilio es Serrano 1395 3, de la localidad de Villa Crespo (CABA).
Zulma Elizabeth Ortiz: La titular de la cartera de Salud nació en la provincia de San Juan un 1 de abril, pero por cuestiones laborales vivió buena parte de su vida en el exterior. Según pudo constatar este medio, ni siquiera estaría radicada en Argentina.
Leonardo J. Sarquis: El ministro de Agroindustria también nació en la Ciudad de Buenos Aires el 5 de agosto de 1962. Estudió en la UBA. Su antecedente: haber sido gerente de Monsanto.
Mariano Mohadeb: Aunque todavía se encuentra radicado en Vicente López 277, San Isidro (provincia de Buenos Aires), el titular de la secretaría de Medios fue funcionario de CABA, donde vivió durante muchos años. También fue prensa del ex aspirante a gobernador Francisco De Narváez y solía pasar sus días completos en la fundación que el “Colorado” poseía en Las Cañitas.
Jorge Elustondo: El ministro de Producción, Ciencia y Tecnología nació en Pergamino, pero también se graduó en la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde vive desde entonces. Actualmente está domiciliado en Uriburu J. E. Pte. 1023 piso 8 departamento 17. Es director ejecutivo del Instituto de Ética Legal y Calidad Agroindustrial de la Facultad de Agronomía de la UBA.
Marcelo Eugenio Villegas: El flamante titular del ministerio de Trabajo de la provincia nació el 13 de marzo de 1963 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Además, es abogado egresado de la Universidad Nacional de Buenos Aires.
Alejandro Damián “Conejo” Gómez: Nacido en CABA, también se graduó en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Actualmente está radicado en Palestina 545 piso 2 departamento C (CABA). Otro NYC. Era subsecretario de Gestión Cultural porteño. Siendo director del programa de Espacio Público del gobierno de la Ciudad, estuvo procesado por la muerte de dos jóvenes que se electrocutaron al tocar una cerca. Nunca fue declarado inocente: la causa prescribió.
Gustavo Alfredo Horacio Ferrari: El ex director de Grupo De Narváez, que se desempeñó como asesor General de Gobierno de Daniel Scioli, es uno de los pocos que logró resguardar su cargo ante la nueva gestión macrista. Aunque es oriundo de la provincia de Buenos Aires, él mismo cuenta: “Cuando terminé la escuela secundaria en el Colegio Nacional José Hernández de Chivilcoy, me vine a estudiar a la Ciudad de Buenos Aires, donde me recibí de abogado en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA. Luego perfeccioné mis estudios en Relaciones Institucionales en la Universidad Austral”.
Alejandro Finocchiaro: El director General de Cultura y Educación también vive en CABA, más puntualmente en Gavilán 2440 piso 6 departamento A. Es abogado egresado de la UBA y se desempeñó como subsecretario de Políticas Educativas y Carrera Docente del gobierno porteño.
Santiago Cantón: El secretario de Derechos Humanos es otro de los pocos funcionarios de Vidal nacido en la provincia de Buenos Aires (General San Martín). No obstante, por razones laborales, vivió buena parte de su vida en el exterior. Es el hombre de Sergio Massa en el gabinete bonaerense, en acuerdo con el presidente de la Nación, Mauricio Macri.

Publicado en www.argentones.com.ar

viernes, 15 de abril de 2016

Le Monde desvinculó a CFK de Panamá Papers y derrumbó la operación de Infobae


El día de ayer, el portal Infobae publicó una nota bajo el título “Le Monde vincula a Cristina Kirchner con una maniobra de lavado de dinero que usó el nombre de la Cruz Roja”, mediante la cual intentó vincular a la ex mandataria con cuentas offshore en Panamá, como las que si efectivamente se le encontraron a raíz del escándalo Panamá Papers y está corroborado a nivel mundial, al presidente Mauricio Macri, a toda su familia, a parte de su gabinete y varios dirigentes de su espacio político.


Sin embargo, el día de hoy, el periodista Hugo Alconada Mon, reconoció que el propio diario francés Le Monde mediante un comunicado enviado a cientos de periodistas de todo el mundo que participaron de la investigación Panamá Papers, desmintió en forma terminante lo publicado por el portal argentino Infobae, que fue replicado por otros medios de comunicación argentino, con el claro objetivo de atacar y esmerilar la imagen de la ex presidenta en el marco de su retorno a la arena política que causó y causa un fuerte revuelo en la política argentina.

“A través de un mail enviado a todos sus colegas involucrados en "Panamá Papers", Le Monde aclara que ellos no dijeron lo que parte de la prensa argentina publicó que dijeron”, aseguró Alconada Mon en su blog personal. En su nota, Infobae no solo tergiversa información brindada por Le Monde en su nota  sino sobre todas las cosas omite que en su nota el diario francés en ningún momento "revela” – Como fija el portal web - ni asevera nada nuevo sobre la familia Kirchner, sino que se limita a decir que una acusación judicial los vincula supuestamente con Báez y su operatoria con Mossack Fonseca.



Por otro lado, otra nota de Le Monde, que a diferencia de la anterior, que fue publicada el domingo, tiene fecha de ayer 14 de abril, se titula "'Panamá Papers': el influyente diario argentino 'La Nación' en la tormenta" y dice "Los periodistas del diario sin duda no imaginaban caer en una embarazosa revelación al descubrir los nombres del poderoso grupo de prensa S. A. La Nación y de su director, Luis Saguier, en los papeles del estudio de abogados panameño Mossack Fonseca, que permitieron revelar una vasta operación de evasión fiscal a nivel mundial".

Publicado en el portal de noticias Orsai