lunes, 7 de abril de 2014

Linchar a la razón

Por Eduardo Aliverti
Quien firma, por razones de convicción profunda que para el caso incluyen la necesidad de preservar el estómago y cuidarse de arrebatos expresivos, no quiere atravesar ciertos límites. Más aún: desearía jugarse directamente a ignorar el asunto, a costa de parecer un marciano periodístico. Pero no le da para tanto. Sí para aquello de pararse opinativamente antes de ese límite que no se quiere trasponer. Y en el mejor de los casos, intentar cierto razonamiento, y “conclusión”, que observe desde otra perspectiva lo que es el oligopolio temático de estos días.
Lo antedicho no supone un juicio negativo sobre lo que viene diciéndose, desde la estabilidad mental, la sensatez básica, la categoría profesional, en torno de los linchamientos a delincuentes reales o presuntos. Al contrario. Todo lo contrario. Quienes prefieren ver y escuchar en vez de mirar y oír pudieron encontrarse con análisis de excelencia, surgidos en campos diferentes. El sociológico, el estadístico, el del derecho penal y por cierto que el de la prensa. Entre ellos, la nota de Mario Wainfeld en este diario del jueves, que es encabezada con el numeroso grupo de “vecinos” que asesinó a David Moreira, en Rosario. Un crimen cometido con indefensión de la víctima (alevosía) y afán de agravar el sufrimiento (ensañamiento). Homicidio calificado, para el Código. Y enseguida, el “grupo de remiseros (que) se confunde y decide que un par de jóvenes morochos que van en una moto son chorros. Los persiguen, gritan enardecidos. Las víctimas creen que quieren afanarles. La confusión sería cómica, digna de una película costumbrista italiana de las buenas... de no terminar en una golpiza salvaje a un muchacho indefenso, responsable sólo de portación de aspecto”. Más la mención al modo en que Clarín “hace escuela de nuevo, sin dilemas ni traumas”, al cerrar el círculo de su tapa del miércoles con la analogía de que “La crisis causó dos nuevas muertes”: su título cuando el asesinato de Kosteki y Santillán. Ahora el diario tituló que “Hubo otros cinco casos de palizas de vecinos a ladrones”. “Joya y bingo. Son ‘palizas’, correctivos familiares, aunque alguno deje un muerto tirado en la calle.” Wainfeld recuerda lo sencillo que lo había hecho Cesare Lombroso en la prehistoria del derecho penal, con su obra L’uomo delinquente y el imaginario de que hay seres prefigurados para el crimen, con marcas genéticas, habiéndose supuesto que teorías como ésas estaban superadas por la modernidad... siendo que parecemos estar volviendo a las fuentes. Y también el registro de las “personas que delinquen a diario sin que se los encuadre como causantes de la inseguridad. Pensemos en quienes cometen violencia de género o intrafamiliar. O en los abusadores sexuales. Ejercen su poder o explotan su posición de modo perverso. Dañan mucho, pueden tener una fachada respetable: ‘la gente’ no tiene motivos para abrazar con fuerza la cartera cuando los ve por la calle. Otro tanto podría decirse de los evasores, de los explotadores que no pagan cargas sociales. Son personas de bien, no desentonan si se acodan en un bar VIP”.
Hay un trabajo, “Acciones colectivas de violencia punitiva en la Argentina reciente”, publicado en 2011 en la revista Bajo el Volcán, editada en México por la Universidad Autónoma de Puebla. Sus autores son Leandro González, Juan Iván Ladeuix y Gabriela Ferreyra. Pertenece a la Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal. El documento ofrece una serie de apuntes sobre el “fenómeno de las pequeñas (y a veces no tanto) manifestaciones que familiares y vecinos de víctimas de diversos delitos intentarían realizar mediante una variedad de acciones, ‘justicia por mano propia’, en Argentina, entre 1997 y 2008”. Los autores aclaran que las observaciones son preliminares, y necesariamente fundadas en una búsqueda hemerográfica que incluyó periódicos de circulación nacional, provincial y local, a falta de estadísticas oficiales que registren este tipo de fenómenos. En tren de resumir, las acciones de violencia colectiva, verbigracia linchamiento o justicia por mano propia, se dan en todas las provincias argentinas. Pero el 60 por ciento se concentra en territorio bonaerense. ¿Cuánto es eso? 58 casos, en once años, con una mayoría que se verifica en el conurbano, La Plata y Mar del Plata. A su vez, más de la mitad de los delitos que precipitan sed de venganza o de interpelación a los poderes institucionales, como se quisiere, son homicidios. Luego continúa la violación, y en tercer lugar la violación seguida de homicidio. Hay apenas tres hechos de reacción de muchedumbre familiar o vecinal por “agresión con arma de fuego”, y sólo nueve por “robos y disturbios reiterados”. Como quedó dicho, el trabajo abarcó un arco entre 1997 y 2008, pero, así se le sumara, en crecimiento exponencial, la cantidad de casos que en los últimos días parecen acercarnos a una renovada y comprensible vigencia de la ley de la selva, cualquiera advertirá que se trata de unos amuchamientos socialmente irrepresentativos, por completo, en términos de acciones colectivas de revanchismo. Quizá fuera diferente si hablamos de intencionalidad piripipí en franjas de clase media asustadas. Sin ir más lejos, el odio irracional que abunda hasta el asco en las redes sociales hablaría una sociedad grandemente dispuesta a los pogromos. Es eso lo que los medios trasladan en estas jornadas de frenesí victimario: la predisposición masiva, de una ciudadanía agotada, para mutar al salvajismo ante el primer ratero que se cruce. No es así. No hay absolutamente ninguna realidad, ni estadística, ni presunción que lo demuestren. Lo ha dicho con todas las letras Roberto Carlés, quien coordinó la comisión elaboradora de la reforma al Código Penal que nadie leyó entre quienes la cuestionan: “Son hechos concretos de violencia tumultuaria, mucho menos frecuentes que los hechos de violencia institucional, y de tortura, que ocurren a diario en las calles, en las comisarías y en las cárceles” (“Una confusión de ideas”, Página/12, viernes pasado).
Es el show. Entonces o como siempre. Es un espectáculo que, desde ya, tiene su línea de acción conceptual. ¿O acaso no se repara en que venimos del invento de Sergio Massa, esparcido impunemente por sus medios adictos, elogiado como muestra de “iniciativa política”, acerca de que el borrador de nuevo Código Penal es una garantía de delincuentes a sus anchas? ¿Justamente después de eso irrumpe como por arte de magia que “la gente” se cansó, para transformarse en hordas de sanguinarios a los que debe comprenderse? ¿Es tan difícil advertir el elefante que está en el living informativo? Volviendo unas líneas: no es que no hay, ni muchísimo menos, argumentaciones sólidas a las que recurrir para desmontar el andamiaje de la marcha sistémica; la brutalidad enano-fascista; esas caras y esas voces por un lado tan compungidas, y por otro tan dispuestas al festín que se ofrece, de quienes dicen saber cómo se resuelven las cosas de “la inseguridad” en un santiamén. No es que no tienta valerse de lo fácil con que surten la réplica algunos personajes públicos, capaces de satisfacerse porque por suerte sus hijos no están acá, entre nosotros, sino afuera y a buen resguardo. No es que no pueda creerse que hablen de la necesidad de un Estado fuerte los liberales privatizadores. No es que no deba percatarse que la emergencia de seguridad en la provincia de Buenos Aires convoca a miles de policías retirados, bien que entre otras medidas: ¿retirados por qué? ¿Provenientes de dónde? Es uno, nada más, que siente y piensa que no tiene ganas ni tripas para cruzar el límite de discutir sobre comprender linchamientos.
Y a uno se le ocurre, también, que al fin y al cabo hay una demostración inexpugnable. Una evidencia cuya fortaleza es superior a la de todo repaso, relevamiento, argumentación sociológica o jurídica. Mañana, pasado, en la semana, pero siempre muy pronto, de manera inminente, ahora mismo si es que está brotando o provocándose otro objeto a exprimir, los linchamientos van a desaparecer de la escena mediática. Son episodios que no tienen con qué sostenerse en la función comunicacional, televisada, al consistir precisamente en eso: en ser episodios, tan repugnantes y graves como para no olvidar que hay masacrados de por medio, pero socialmente irrelevantes, si es por su cuantía. Los linchamientos se extinguirán, literal y mediáticamente, o en verdad en orden inverso, porque es la clonación de eventos falsamente asimilables a lo que determina el rango mediático. Decir que “la inseguridad” es una sensación, o que se debe exclusivamente al accionar de los medios, es tan una tontería como desconocer el rol clave que juega lo mediático en la amplificación irresponsable de los sucesos. La “moda de linchar” quedará sumergida por nuevas tandas de montañas fugaces. Cualesquiera. Podrá ser una peripecia que involucre a algún famoso. Alguna denuncia de corrupción que para variar sólo afectará al Gobierno. No es muy larga la lista. Lo largo es la necesidad de producir escándalo y morbo, incluso sin importar, ante hechos como los pasajeramente difundidos, que puedan estimularse actitudes repetitivas por parte de energúmenos que nunca faltan. La pregunta que sí debería subsistir es cuán seria es la solidez de impactos y argumentos que desaparecen de la noche a la mañana, cuando otros bombazos los reemplazan como si tal cosa.
Ya, al toque, cuando esto suceda de modo inevitable, cuando ya no hablemos de interpretar linchamientos, no por la vergüenza ajena que debiera dar sino porque la prensa abandonó el tema y “la gente” dejó de hablar de eso, quedará al descubierto lo que jamás deja de estar a la vista. Que ciertos medios, que no son todos los medios, no tienen escrúpulo alguno para manifestar su ignorancia. O su interés de clase, mejor. Y que cierta gente, que no es toda la gente, tampoco.

Publicado en pagina 12  - lunes 07 de abril del 2014

domingo, 6 de abril de 2014

Paulo Freire para espías

Por Horacio Verbitsky
Durante la dictadura, para ingresar al cuerpo de informaciones de la Policía Federal había que rendir diversas pruebas, una de ellas sobre matemáticas y geometría. Mientras hacían los cálculos, los futuros agentes destinados a infiltrarse en distintas organizaciones reforzaban su preparación ideológica, por medio de palabras generadoras que sintonizaban con el universo verbal de la profesión elegida, por su carga de sentido existencial y contenido emocional. En esta verdadera pedagogía del opresor, los informantes policiales en vez de contar peras, manzanas u ovejas, realizaban sus ejercicios con comunistas, peronistas, radicales y personas “de ideologías no definidas”.

Publicado en pagina 12 06/04/2014
Esta Noticia  me hace acordar a un escena Capusotteana...




lunes, 24 de marzo de 2014

Paro maestro


 Por Eduardo Aliverti

El enorme conflicto docente en la provincia de Buenos Aires –que no cambia en absoluto por la orden judicial de levantar el paro– ejerce un influjo y proyección que exceden a ese territorio. Merece estimarse cual viga estructural. Renueva la necesidad de debate, y decisiones profundas, sobre las preferencias y posibilidades de un modelo nacional que se presenta como la más alta chance de repartir mejor la riqueza. De apostar –o no– a vías de desarrollo asentadas en algunos ejes innegociables.
El problema en “la provincia” está bien por encima de casi todos los que fueron resaltados en la agenda publicada. Puede salvarse la marcha de la inflación, porque atañe a cómo le va al Gobierno con los formadores de precios. Pero del resto, ni Cristina con el Papa; ni Macri fotografiándose en Wall Street; ni Moyano y Barrionuevo lanzando un paro nacional al que ni siquiera se animaron a ponerle fecha; ni los dimes y diretes del acuerdo con Irán por la causa AMIA; ni la reunión de los gobernadores peronistas; ni los casos de los jueces Bonadio y Oyarbide; ni (ay) las batallas de egos por las asistencias y ausencias al Salón del Libro de París, llegan al canto de la uña de lo implicado por el mayor distrito del país sin haber empezado las clases en las escuelas públicas. Mucho antes que tratarse de proporciones geográficas, peso económico, especulaciones electorales, la huelga estatal de maestros y profesores bonaerenses lleva –debería llevar– a que nos sinceremos de qué se discute cuando lo hacemos sobre educación; o, más largo, a qué es lo que verdaderamente les importa a quiénes. Una primera observación es que, excepto San Luis, Santa Cruz, Córdoba, Santiago del Estero, Santa Fe y Ciudad Autónoma de Buenos Aires, todas las jurisdicciones están con paros y conflictos docentes. Los impactos son diversos, pero no sólo por la incidencia de los gremios involucrados sino, y sobre todo, por la trascendencia mediática. En Chubut, las clases tampoco empezaron. ¿Los niños y adolescentes de la educación estatal de Chubut son menos importantes que los de la provincia de Buenos Aires? La dimensión numérica condiciona la repercusión mediática. Que cada quien se reconozca. Si no fuera por la provincia de Buenos Aires (alrededor de cuatro millones de estudiantes primarios y secundarios, que están arriba del 40 por ciento del alumnado de todo el país), ¿cuántos irritados de las redes sociales, de los provocadores telefónicos en las radios, de las figuras periodísticas, se indignarían por los pibes tomados de “rehenes” en las huelgas docentes? ¿Cuántos de ellos se preguntarían acerca de la problemática educativa en general, si no fuese por los inconvenientes suscitados a la gente bonaerense que les queda cerca? Pero así funciona; aquí y en todas partes, hoy y siempre. El centro irradia hacia la periferia. Nunca al revés.
Un segundo desafío, que interpela constantemente, es dejar de lado el cualunquismo analítico. Tanto como no resiste juzgar “la inseguridad” con el reclamo de que maten a todos o de que endurezcan las leyes, no es sensato, ni antes, ni ahora, ni jamás, insistir con argumentos facilistas frente a asuntos como la educación, que le rompen la cabeza al más pintado. La nómina de tonterías generales sale de corrido: los docentes tienen tres meses de vacaciones; se pasan de licencia en licencia y de suplencia en suplencia; escriben con horrores de ortografía y encima quieren aumento; no se capacitan, y a lo sumo asisten a cursos de perfeccionamiento que son transas de los sindicatos para sumar puntos burocráticos al CV; su ruta. Debiera ser curioso que quienes reducen la labor docente a esos exabruptos –sin duda existentes, y agraviantes– no trasladen la misma condena a ciertas gentes a quienes votan, para cargos ejecutivos y parlamentarios desde los que son incapaces de construir una oración con sujeto, verbo y predicado; o algún texto, oral o escrito, que supere el rango de composición tema “La vaca”. No citemos nombres propios. No hace falta, se supone.
En tercer lugar, sobresale esa recurrencia a hablar de los pibes como rehenes de la ¿extorsión? de los gremios docentes. Es una sobresaliencia que no se percibió con el mismo vigor cuando, en diciembre pasado, las policías provinciales dejaron a sus distritos en situación de tierra de nadie. Resultó, entonces, que se habló de los salarios flacos de las fuerzas de seguridad, con un ahínco que no se nota a propósito de lo que cobran los docentes. ¿Será que “la seguridad” es ubicada un escalón, o varios, arriba de la educación? ¿Que no se encuentra relación entre una cosa y la otra? También se dice que lo prolongado del conflicto docente beneficia a Scioli porque, del mismo modo en que hubo de encontrársele una salida urgente a la presión policíaca, no hay huelga de maestros que aguante por tiempo indeterminado. La diferencia es que sin policía no hay sostén más de unas horas, y sin clases se sostiene bastante más. No mucho. Es incontrastable que una huelga docente por tiempo indeterminado está condenada al fracaso, como método de lucha. Desde allí se colige que, incluso, el emperramiento de los gremios bonaerenses beneficia al gobernador, porque lo victimiza. Pero al cabo de conjeturas como ésas, que se potencian al haberse desatado quién sucede a Cristina en la ancha avenida peronista, ¿es ésta la manera de discutir educación pública? Y visto desde la percepción popular, desde la mesa cotidiana, desde una introspección que no ponga las responsabilidades invariable y exclusivamente en las dirigencias, que se centre además en las de los actores sociales que somos, ¿estamos discutiendo educación o estamos viendo a la escuela como el depósito donde recluir a los pibes para que la otredad se haga cargo sin que importe cómo? Hablamos de educación pública, claro. Estatal. El debate sobre la privada circula por otro carril, en el que también sería positivo discernir cuánto importa qué y cómo se enseña aunque, por lo pronto, ahí no hay paros docentes. Igualmente, alrededor del 70 por ciento del alumnado argentino concurre a escuelas de gestión estatal. El peso mayor de la discusión, entonces, pasa por allí.
Hay una distorsión que complica cualquier análisis. Gracias al menemato, en rango primordial, la Nación, el gobierno central, tiene en lo educativo –y en el área de Salud– una función que en el mejor de los casos es orientativa. Lo demás consiste en un federalismo que es tan cerrado en su aplicación como enroscado en su practicidad. Si de por sí es dificultoso saber a ciencia cierta cuánto gana como promedio un docente, considerado el país como marco general y siendo que intervienen factores propios de cada distrito que, a la par, son disímiles entre sí, más complejo todavía es descifrar el galimatías de componentes salariales. Pero al fin y al cabo, entrándole del derecho o del revés, se concluirá en que maestros y profesores no son precisamente el sector mejor pago de la administración pública. Y eso conduce, leyes vigentes aparte, a la discusión de si lo educativo es o no una prioridad auténtica del gobierno nacional; y a si se toma o no al aspecto salarial como una cuestión determinante. Situar al carro donde se debe sería que se les paga a los docentes en orden primordial, en monto, tiempo y forma, con el Estado capacitándolos como corresponde en vez de tercerizar la capacitación; en vez de llamar a la paritaria nacional siempre tarde, tardísimo; en vez de ampararse en que los chiquicientosmil gremios y facciones de los educadores chantajean al Gobierno, más el argumento de que las bases, en las asambleas, vienen siendo trosqueadas por los grupos sólo interesados en pudrir a como sea. Es este mismo gobierno el que priorizó la inversión en ciencia y tecnología, repatriando más de mil científicos, varios o muchos de élite, brindando signos de que es por ahí donde están presente y futuro. Falta una decisión similar en el plano de los maestros de grado, de los profesores efectivos; una orientación general, un llamado a dejarse de joder que tenga contraparte salarial irrefutable. A quiénes se les extrae renta para concretar eso es, también, otra discusión. O una más. O la clave. En el caso bonaerense en particular, la gobernación debe hacerse cargo, por ejemplo y nada menos, de que en 2012 los patrones de estancia le torcieron el brazo cuando se intentó un revalúo inmobiliario rural. Como lo señala Héctor Valle, uno de los mentores del Plan Fénix, no hay otras opciones que estas dos: se toma deuda –cosa que el gobierno provincial ya hizo, y en dólares– o se avanza muy firmemente en la progresividad del sistema tributario. Pero no debería estar en duda la prioridad de lo educativo. Según los números integrales, eso está satisfecho. Jamás fue más alto el presupuesto en Educación; jamás se dio mejor cumplimiento a los parámetros internacionales requeridos; jamás, en términos de la macroeconomía, se les otorgó a los docentes mejor salario. Pero pasa que esos números, por más que el Gobierno demuestre la curva ascendente del 300 y pico por ciento, desde 2003, en el salario nominal de los docentes, no se condicen con para cuánto les alcanza en el bolsillo de acuerdo con responsabilidades, y trabajo concreto, que son mayores a los de otros empleados públicos. Ampliamente mayores. Profesionales y trabajadores de la Salud, junto con las fuerzas de control del “orden público”, son los únicos que pueden equipararse a la carga social que tienen los docentes. Un maestro es prioridad, y sanseacabó. Con la policía se arregló casi de inmediato, vale insistir, sin que importara el costo fiscal.
Y finalmente, pasa que hay un ruido cuya administración política e ideológica es ¿muy difícil? de procesar. Los docentes ganarán poco, o insuficiente, y está bien que reclamen aunque pueda o deba ponerse en duda el graderío con que lo hacen. El pequeño detalle es a quién irán a reclamarle, con cuáles probabilidades de satisfacción, si se termina este experimento que tiene tanto de desprolijo como de progre. La pregunta no vale sólo para los docentes de la provincia de Buenos Aires, por supuesto.
Pagina 12 - 24 de marzo del 2014

lunes, 10 de marzo de 2014

Volvieron los ornitorrincos

 Por Eduardo Aliverti
Cuando hay enfrentamiento político fuerte, como el que vive Argentina hace ya tiempo y siendo que esa tirantez se expresa sobre todo en los medios de comunicación, lo que desciende de un lado nunca tiene que ser una baja completa: debe mantenerse la ofensiva de alguna manera.
En estos últimos días hubo dos temas centrales. Primero es el conflicto, serio, en la paritaria docente nacional. La oferta gubernamental y las aspiraciones salariales de los sindicatos están lejos. Y se le suma que no sólo hay en danza el porcentaje de aumento, sino su carácter constitutivo. Presentismo sí o no como recompensa; forma de estimarlo con justeza, en un esquema de dispersión salarial balcanizado gracias al inolvidable menemato que dejó a la Nación sin escuelas ni hospitales; especulaciones electorales de los distritos, según sea que estén en manos oficialistas u opositoras. Una mirada pretenciosamente objetiva diría que hay “durezas”, altamente polémicas, de ambas partes. El Gobierno arrancó con una propuesta insostenible en cuanto al monto ofrecido, después lo subió, aunque en unas cómodas cuotas que terminarían en junio del año que viene (lo cual tampoco es muy serio que digamos). Y los sindicatos remiten la paritaria al único criterio del sueldo, derivando hacia otras instancias de discusión ítem que enojan a la sociedad con el gremio docente. Entre ellos y a la cabeza, los abusos en licencias y ausencias que –por favor– están muy lejos de ser una característica exclusiva de maestros y profesores. Sin embargo, está claro que hasta aquí hay vocación de diálogo y que nadie quiere terminar de pudrirla. El propio periodismo opositor, en su construcción de sentido para la clase media, trabaja el conflicto echándole la culpa al Gobierno porque, al no arreglar de primera movida o en plazos razonables, deja a los padres con problemas para saber qué hacer con los pibes si las clases no empiezan o los paros serán recurrentes. Pero no le da para ignorar que jamás hubo una escalada de inversión presupuestaria y recomposición salarial como la de esta etapa, sin que esto signifique que los docentes están bien pagos. Son comparaciones. Los gremios lo saben y reconocen, y de allí la disposición a continuar negociando y la improbabilidad de que el oficialismo sea atacado a diestra y siniestra por ese costado. La oposición también lo admite, de forma que no es por ahí donde resulta mejor sostener embestidas. Ergo, apareció como agenda que la reforma del Código Penal es un mamarracho indefendible.
El juez Eugenio Zaffaroni, quien presidió la comisión redactora del anteproyecto, se mostró ofendido y difamado –y extendió esa sensación a sus pares del cuerpo– en la destacable entrevista que la periodista Irina Hauser le realizó para Página/12, publicada el miércoles pasado. Y ayer se abundó en igual dirección, no sólo en este medio. Desde ya, mucho más que el estado de ánimo del juez cuentan las razones técnicas, demoledoras, con que contesta, uno por uno, todos los cuestionamientos insolentes que el alcalde de Tigre, algunos radicales, Eduardo Duhalde y las cohortes mediáticas desplegaron sobre el tema. Vaya una rápida síntesis para ilustrar. Se dispara contra la cantidad de delitos excarcelables, cuando la prisión preventiva y las excarcelaciones son aspectos que regulan los códigos procesales de las provincias. No el Código Penal. Los delitos de orden común los juzgan las Justicias provinciales, no la federal. Massa propuso juntar firmas o hacer una consulta popular para frenar el proyecto, y el último párrafo del artículo 39 de la Constitución establece que están prohibidas las iniciativas populares en materia penal. Se critica que en el anteproyecto no hay prisión perpetua posible sino un tope de 30 años, que es “el límite que responde más o menos a la mejor legislación comparada del mundo civilizado”. La pena de reclusión perpetua, que en Argentina debe entenderse como “prisión” desde la ley de adecuación del estatuto de Roma, desapareció en los hechos desde 1958. No se evapora ningún registro de reincidencia. Lo que desaparece es justamente la libertad condicional, que suelta al preso “para que no se lo vea más porque sólo tiene que ir a firmar una vez por mes”, y se la reemplaza por penas sustitutivas convenientemente controladas. Y lo único que tiene el texto de “revolucionario” es que suplanta al caos total vigente porque, en sí mismo, es en realidad conservador, ¡dice el propio Zaffaroni. ¿Cuánto nivel de impudicia se necesita para desconocer tan brutalmente materias legales y transformar eso en el brulote de que nadie va a ir preso? Como también dice el juez de la Corte, el hombre común que oye las barbaridades que se dicen piensa que cualquier sujeto que mató a toda la familia será indagado y mandado a la casa mientras se hace el proceso. El “ciudadano zapatero” que lo registra tiene todo el derecho a creer que se juntaron a modificar el Código Penal “cinco dementes irresponsables”, de proveniencia ideológica plural, incluida la mismísima derecha a través de Federico Pinedo, diputado nacional del PRO que también debió salir a retrucar los disparates de Massa y compañía (para luego, eso sí, quedar desautorizado por Mauricio Macri y María Eugenia Vidal; le aprobaron formar parte de la comisión evaluadora de un asunto que atañe a la mentadísima inseguridad, y de pronto se les ocurre que no es momento para abordar la cuestión).
Hacia fines de mayo del año pasado, días después de la advertencia editorial de un periodista de La Nación –sin precisiones de índole alguna– acerca de que el Gobierno se aprestaba a intervenir al Grupo Clarín, el escritor William Scholl publicó en su Facebook un relato paródico sobre las operaciones de prensa a partir de noticias falsas. Muchos lo recordarán, porque fue todo un suceso en las redes y más allá también. Scholl utilizó la figura del ornitorrinco, mamífero de lejanas tierras que no habita la nuestra. Se valió de la información apócrifa real, sirva la figura. Y desde allí tejió un encadenamiento en el que lo inverosímil avanza hacia lo ridículo, pero concretando la impresión buscada: la parodia es tan obvia como la certeza de que sus graderíos son más o menos del mismo modo efectivamente, respecto de la impunidad con que suele manejarse cierto periodismo. En la noche del domingo de la falsedad noticiosa, acerca de que el Gobierno tendría listo un plan para eliminar a todos los ornitorrincos de Argentina, un monologuista televisivo ruega a sus consumidores que hagan algo para parar el exterminio, y que no lo hagan por él, sino por los ornitorrincos. Al otro día, el diario del grupo involucrado titula que hay una feroz embestida gubernamental contra los ornitorrincos. Con amenaza de extinción incluida. Y sigue con una serie de periodistas y dirigentes políticos, quienes se suman al delirio parido por el invento de base, llegando a una ONG con sede en Washington que llama a parar la matanza de la dictadura argentina. Todo termina a la semana siguiente, con el editorialista original diciendo que un funcionario del Gobierno, al que tampoco identifica, confesó la decisión de dar marcha atrás con la masacre de ornitorrincos, gracias a la determinación de la prensa independiente.
Si en su momento no lo leyeron, estimados lectores, háganlo porque es formidable la similitud entre haber artificiado que se pensaba intervenir a Clarín, el invento de que habrá un nuevo Código Penal capaz de convertir al país en una orgía delincuencial sin precedentes y las bolas de nieve armadas alrededor de ambas manipulaciones. Sin embargo, y nobleza obliga, en algún sentido esto es peor que aquello porque el invento de que se pensaba entrar a Clarín manu militari, o muy poco menos, arrancó en una operación periodístico-corporativa que contó con el apoyo dirigencial opositor. Ahora, en cambio, la alucinación operada nace en la dirigencia política, o concretamente en la necesidad de Massa de ganar espacio desde la demagogia del falso sentido común. Podrá decirse que en el fondo de los fondos es lo mismo y podríamos estar de acuerdo, pero hay ciertas diferencias que, tal vez, no sean tan sutiles. Una cosa serían medios de comunicación privados que juegan a sus intereses para que, de última, los clientes “compren” o no de acuerdo con la escala de valores que manejan. Y otra cosa vendrían a ser dirigentes partidarios –con aspiraciones presidenciales, para más– capaces de fabular desde una ignorancia explícita y/o maniobrada a sabiendas. ¿Es lo mismo la responsabilidad política y social exigible a un Magnetto –para el punto, o pongámosle– que la requerida en torno de un o unos dirigentes aspirantes a conducir la dichosa República? ¿Son lo mismo un “particular” fantasioso u operador, periodista o medio, por más poderoso que fuere, y un candidato a representar mayorías o minorías populares que no tiene idea de la Constitución nacional, ni de un borrador de proyecto de ley consensuado por especialistas? También, nobleza obliga, el artículo del colega Ignacio Miri, en Clarín del jueves, admite que este año habremos de acostumbrarnos a que las leyes, antes de escribirse, traerán consigo que gente como Massa, “sin pergaminos conocidos en el análisis jurídico pero con un olfato político que le reconocen hasta sus adversarios”, se dé cuenta de las oportunidades servidas. Lo único que le preocupa a Massa, dice directamente Miri para agregar al intendente de Tigre confesando en la intimidad que le “dejaron el hueco”, es no habilitarle la iniciativa al kirchnerismo, aunque en la confección de la reforma del Código Penal hayan intervenido “prestigiosos expertos”. La Gran Carrió, lo denomina asimismo el colega. No importa o no sé pero me opongo, con cuanta más virulencia mejor.
En resumidas cuentas: si el dólar quedó planchado y las catástrofes anunciadas no se produjeron, mejor que vuelva la masacre de ornitorrincos.
Publicado por pagina/12 el dia lunes 10 del 2014