domingo, 9 de febrero de 2014

NUEVO TEXTO DE CARTA ABIERTA /15


La patria en peligro


No es a menudo que surge esta idea de fuerte raigambre en todas las épocas, recordable en las grandes jornadas libertarias del siglo XIX en Latinoamérica y Europa, que es parte de un llamado urgente y a la vez de una inevitable vocación de activismo. Un puñado de grandes empresas (Cargill, Noble Argentina, Bunge Argentina, Dreyfus, Molinos Río de la Plata, Vicentín, Aceitera General Deheza, Nidera y Toepfer) que exporta más del 90 por ciento del grano, aceite y harina de soja argentinos, histórica base de la riqueza y la producción del país, ha organizado un cepo financiero sobre el Gobierno, obligándolo a tomar medidas difíciles y comprometedoras del futuro del país, como la devaluación, más allá de que, en el momento de jaque final, el propio Gobierno haya dejado correr esa presión asfixiante del mercado exportador para poder retomar la iniciativa a partir de una devaluación no deseada. Es grave. No es un simple episodio más de la historia económica nacional. Las grandes organizaciones agropecuarias tienen todas fuertes vínculos internacionales, financieros, comunicacionales y siempre están dotadas para producir el espejismo de que sus intereses coinciden con los de una gran parte de las desconcertadas clases medias argentinas.
Lo cierto es que han conseguido forzar e imponer una depreciación del peso no querida por el Gobierno ni conveniente para las mayorías populares, y tienen la estrategia de profundizarla a niveles sustancialmente mayores. Hay que reconocerlo y, en un momento particularmente dramático, reponer nuestras fuerzas y dignidad para la lucha, pues esto exigirá grandes esfuerzos para que la devaluación no recaiga en los amplios estratos de las clases populares, históricamente las más perjudicadas con este tipo de medidas. La defensa de los “precios cuidados” es en ese sentido una tarea primordial. Suele verse exageración o grandilocuencia cuando se denuncia que esta situación incita a la desestabilización política, pero lo cierto es que aunque esto pueda no estar en la táctica inmediata de los grandes grupos amparados en las nuevas tecnologías de la globalización, en una sociedad castigada y temerosa, el resultado de sus acciones puede ser imprevisible. Estos sectores provienen de los primeros tiempos de la organización nacional argentina, momentos en que se configuraron como una oligarquía dócil a la división internacional del trabajo, aunque en su seno no dejó de haber impulsos proteccionistas y una apuesta a ciertos modos de intervencionismo estatal en el mercado de granos y carnes, justamente en la época del conservadurismo previa a la irrupción del peronismo y en el contexto de la gran crisis.
Viejos y nuevos grupos, siempre pocos, ahora de mayor espesor y concentración de su economía y específica relación con las políticas vinculadas a las potencias mundiales de esta etapa histórica de la modernidad, asedian al gobierno popular encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que tomó medidas de gran significación para democratizar la sociedad avanzando en la inclusión, la ampliación de derechos y la redistribución de la renta nacional a favor de las mayorías nacionales, tanto de las clases medias como de los sectores más carenciados. Ese asedio es posible porque están pendientes de cerrar los amplios márgenes de maniobra que aún conservan estos grupos monopólicos. Ahora, con nuevas tecnologías de siembra y amparados en grandes fábricas de semillas transgénicas –cuyo uso y regulación debe ser parte de un amplio debate– han reorganizado socialmente el campo de la producción agropecuaria, con trazados tan novedosos que los viejos productores y arrendatarios (de antiguo cuño genuinamente productivo) han decidido asociarse a los horizontes construidos con la expansión de la frontera productiva de la soja, cambiando el perfil de las relaciones económicas y de clases sociales. El modo de propiedad, que para muchos significó hace un siglo protestar contra los latifundios, hoy se expresa en una privatización facciosa de la renta agraria, basada en la hipótesis magna del rechazo ciego a las necesarias intervenciones estatales, como poder público democrático representante de la nación y su equilibrio de intereses a favor de la población más desfavorecida e históricamente castigada por ajustes y teorías sobre las restricciones salariales, como variables compensatorias que tributan al imperio del capitalismo globalizado. Estos actores, concentrados fundamentalmente en la Pampa Húmeda, se apropiaron de manera excluyente de la denominación “campo”, mientras la mayoría de los campesinos del país situados en otras regiones resisten, porque los amenaza y perjudica, el modelo agrario que aquellos instalaron y cuya intensificación predican.
Es necesario recrear la imaginación histórica de una cadena de acontecimientos que tienen que contar nuevamente con gran apoyo popular. Quienes se sintieron alguna vez llamados por un conjunto de decisiones gubernamentales, cuyos grados de imperfección o de error están y deben estar en discusión, pero que tuvieron clara vocación de autonomía y soberanía nacional y social, y asimismo de justicia emancipatoria en todos los ámbitos de la vida económica, pública y cotidiana, deben nuevamente realizar un examen de su vocación política. Nos esperanza que el resultado de ese examen, hecho por hombres y mujeres que apoyan al Gobierno, o que lo apoyaron y se sienten desencantados, o que se guían por trazados políticos que pueden ser secundarios si las cuestiones en juego son mayores (por eso, socialistas, autonomistas, liberales, nacionalistas, radicales, peronistas, izquierdistas, republicanos, son destinatarios de esta interpelación), los haga ser quienes piensen las grandes disyuntivas sociales, sin la neblinosa cortina de cenizas que imparten los magnos catecismos de la piqueta del demoledor o la pala del enterrador. Una gran restauración del viejo país oligárquico está pronta a mostrar sus dientes de hierro, lo que serían sus herramientas de ajuste, que pretenden que, en una transición aleccionadora se empleen como prólogo, por un gobierno que supo tener consecuencia en políticas opuestas a esa lógica antipopular. Vienen con su populismo de turno, sus escribidores de estación, sus periodistas de cosecha unánime, aunque quizá sin sus juntas reguladoras del comercio exterior, como sus antepasados, sin embargo, supieron constituir.
Un nuevo estilo movilizatorio, una confluencia de fuerzas grupales e individuales, nuevas ideas para la defensa de lo valioso que significa esta experiencia, que no es una falsía, aunque pueda estar rodeada de grandes descuidos, es lo que se reclama. Este proceso transformador, conducido por Néstor y Cristina Kirchner, ha sido una recreación de las militancias y el fervor público nacional, ancladas en una larga memoria popular que no tiene propietarios, con ritualismos tal vez que no por repetitivos dejaron de acompañar los procesos populares. El proyecto que se ensayó esta vez, amplio, democrático y plural, posee una necesaria juventud que ningún momento histórico debe rechazar, aunque sí emplazar dentro de vastas alianzas sociales, hoy mermadas. Ahora debemos sentirnos a las puertas de una nueva movilización, preparada con responsabilidad y pasos precisos que ramifiquen el llamado. Los temas cruciales que laten en las bocas y corazones podrán convertirse en nuevos cánticos, deberán tornarse motivo de interés masivo por medidas y cambios institucionales trascendentes y necesarios desde hace tiempo, para avanzar en mecanismos que establezcan el manejo estatal del comercio exterior. Nuestro país ha visto cíclicamente amenazados, boicoteados y truncados proyectos de desarrollo nacional autónomo por la restricción externa, es decir, por la insuficiencia de divisas. Estas son el recurso clave para la continuidad y profundización de dinámicas progresivas. Por lo tanto resulta indispensable sustraer la disposición sobre éstas del chantaje monopólico y garantizar su control gubernamental. Será necesario avanzar en la creación de las instituciones que lo hagan posible, lo que implicará una disputa de intereses que no ahorrará conflictos, razón por la que se impone generar un movimiento de opinión y la movilización social (como ocurrió con la Ley de Medios Audiovisuales) que acompañe la consecución de ese objetivo auténticamente democrático. La soberanía en la disposición de las divisas requerirá avanzar en otras áreas para reforzar o establecer el control estatal y social (por ejemplo, a los puertos privados), mayores regulaciones al capital especulativo y al sistema financiero, especialmente a la banca de propiedad extranjera, entre tantas. Estos objetivos no pueden ser otra cosa que las banderas de un patriotismo constitucional y social, que vea las acechanzas y dificultades y no se atemorice cuando deba salir al espacio público para señalarlas y conjurarlas.
En este momento de agudo peligro para las esperanzas y el futuro de millones de compatriotas, sentimos la necesidad de este llamado que recoge los ecos de muchas de las luchas encarnadas por variadas tradiciones políticas del país. Escuchemos todos, escuchémonos a tiempo.

sábado, 25 de enero de 2014

Obstáculos y objetivos


 Por Raúl Dellatorre

El Gobierno debió enfrentar, esta semana, su decisión más complicada en materia económica en más de diez años en el poder: aplicar un instrumento de política del cual renegaba por sus previsibles consecuencias regresivas –la devaluación–, pero sin perder los objetivos de crecimiento, empleo e inclusión social. Lo primero, la devaluación, fue el resultado de una prolongada y sangrienta (medida por el drenaje de reservas) pulseada con poderosas corporaciones económicas y financieras que desarrollaron, de todos los modos posibles, su artillería para acorralar a las autoridades. Pulseada en la que el Gobierno debió finalmente ceder. Lo segundo, la decisión de no abandonar los objetivos de política, es el eje de la disputa que se le abre ahora al Gobierno, en una previsible puja con los mismos sectores del poder económico en torno de cómo se distribuirán los costos y beneficios de la corrección cambiaria. Aquí viene la parte crucial de la batalla, porque en ella se juega no sólo la suerte del modelo sino también el alineamiento de muchos sectores que han acompañado ese modelo, pero más por sus efectos que por propias convicciones.
El episodio Shell en el mercado mayorista de cambios, pagando por una compra de dólares un sobreprecio del 15 por ciento nada más que para inducir a una brusca suba del valor del billete, es elocuente en diversos sentidos. Con fundamentos, se sospechaba de conductas desestabilizadoras de la política oficial de parte de importantes corporaciones empresarias, pero hasta acá no había habido evidencias tan transparentes. Una declaración del propio titular de Shell Argentina, Juan José Aranguren, inmediatamente posterior a que se difundiera la denuncia (publicado ayer por Clarín), reconoce la existencia de la operación a 8,40 pesos, sin hacer mención de que a esa misma hora el valor de mercado era 7,30.
Este hecho se sumó a la actitud reticente de los exportadores a liquidar las divisas de la última cosecha, a la que ayer el ministro Axel Kicillof le puso precio: serían 4000 millones de dólares de la reciente campaña agrícola los que tendría retenida la exportación, que se agregan a otros 2500 millones de dólares de financiación externa a la cual habitualmente recurren productores exportadores que, esta vez, no ingresaron al país como crédito externo. Los exportadores especularon con una devaluación que iba a caer en algún momento no tan lejano. Con su actitud la indujeron. Algunos deben haber hecho más que simplemente esperar que sucediera. La expresión de esta semana del presidente de la Sociedad Rural, Miguel Etchevehere, sugiriendo que era más negocio especular que producir, habla por sí misma.
El domingo pasado, en su columna de opinión en este diario, Alfredo Zaiat planteaba que “la combinación de una parte de la cosecha guardada en silobolsas, como estrategia de ahorro defensiva de los productores por la restricción a comprar dólares, y la estrategia de grandes exportadores de granos de financiar sus operaciones con créditos en pesos tomadas en el mercado local, en lugar de conseguir los fondos vendiendo divisas, no debería tener la observación pasiva del equipo económico”. La advertencia aludía al riesgo que supone para el proyecto en marcha dejar en manos de estos grandes grupos el control de la oferta de divisas. La semana puso en claro los alcances de esa advertencia, con las maniobras reveladas sobre el manejo desestabilizador del valor de la divisa y, finalmente, la devaluación resuelta por el Gobierno para intentar conjurar el ataque especulativo.
Está claro que el Gobierno enfrentó presiones de sectores exportadores por lograr ventajas en su rentabilidad a través de una devaluación. Pero también de otros que, sin tener a la exportación como actividad principal, han obtenido grandes ganancias en el mercado interno en todos estos años y esa acumulación de utilidades la han transformado en activos en dólares. Para esos sectores, típicamente monopólicos en sus respectivos mercados, la devaluación es una oportunidad de valorización monetaria de sus activos que, convertidos en pesos, les da la oportunidad de expandir sus patrimonios a expensas de productores locales que podrían quedar en posición de verse obligados a malvender sus bienes. Entre otros efectos redistributivos, la devaluación involucra el riesgo de profundizar la concentración económica.
Entre los desafíos inmediatos del Gobierno está, en principio, el de lograr estabilizar el mercado cambiario en los nuevos valores del dólar oficial (en el entorno de los 8 pesos o no muy por encima de esa línea) y poder responder, a su vez, a la demanda de los ahorristas en el reabierto mercado de venta de divisas para atesoramiento, de forma de quitarle expectativas al mercado marginal. Para lograrlo, necesitará que los exportadores-especuladores acepten este nuevo valor y empiecen a liquidar los fondos retenidos.
Ello en cuanto a los equilibrios cambiarios. Pero, además, las autoridades tendrán que ponerle dique a los intentos de trasladar a precios el envión de la devaluación. Esta es la llave que cierra (o deja escapar) los fantasmas de la inflación y el deterioro del poder adquisitivo de los salarios. Es en esta instancia y no después, en una negociación para frenar la demanda de los gremios, donde se juega la suerte de evitar tener unas paritarias explosivas este año.
Desde los despachos oficiales se insiste en que las políticas sociales distributivas, como el plan Progresar para jóvenes sin trabajo que no estudian –anunciado el mismo día que el dólar abandonaba las minicorreciones y pasaba a crecer de un salto–, seguirán siendo un instrumento activo para sostener el objetivo redistributivo. Este es otro frente en el que el Gobierno tendrá que volcar una parte importante de su esfuerzo para evitar las zancadillas de un sector que, tras ganar la pulseada por la devaluación, podría suponer que está en condiciones de dar el “golpe final”: obligar a ejecutar un recorte del gasto público, la fórmula perfecta para provocar una recesión.
No es ocioso que los habituales voceros del establishment relativicen los beneficios de la devaluación, aunque ellos mismos hasta ahora la impulsaban y la reclamaban. El discurso de estos sectores es que, para lograr “estabilidad”, “previsibilidad”, una situación de “equilibrio” monetario y financiero, es necesario que el Gobierno “ajuste” sus cuentas y deje de emitir. De las consecuencias sociales no hablan.
No es nuevo. Ya en los ’90, en pleno auge del neoliberalismo y su forma vernácula, la convertibilidad, se había planteado esta intencionada confusión entre instrumentos y objetivos. Así lo manifestaba el economista Alfredo Eric Calcagno en enero de 1996, que en un artículo publicado en la revista Realidad Económica (Nº 137), haciendo un balance de los resultados económicos del año 1995, señalaba que frente al aumento de las tasas de marginalidad de la población y el desempleo, la concentración de la propiedad y la riqueza, la enajenación del patrimonio nacional, el empeoramiento de la educación y en la atención de la salud, la desindustrialización y el colapso de las economías regionales, “tanto el gobierno como la oposición sostienen que el año fue bueno o malo por lo que ocurrió con los instrumentos: un indicador de éxito sería el tipo de cambio estable, y una evidencia de fracaso, la alta tasa de interés y el desequilibrio fiscal”.
Calcagno (padre del actual diputado del FpV Eric Calcagno) explicaba la “trampa” en el debate: “A los instrumentos, tales como el régimen de convertibilidad, el tipo de cambio, la tasa de interés, el equilibrio fiscal y el grado de apertura externa se les ha dado el carácter de objetivos. Con ello se obtienen dos resultados: primero, que no se discutan los instrumentos, porque ahora son los objetivos que deben cumplirse y no cuestionarse; segundo, que los verdaderos objetivos (desde nuestro punto de vista, homogeneidad social, distribución más justa del ingreso, mejoramiento de la educación y la salud, industrialización, defensa del interés nacional) desaparecen del debate. De tal modo, no hay nada que discutir”.
Brillante lección. Y además, sencilla, con lo cual doblemente meritoria. Conviene recordarla, para no volver a quedar entrampado en una discusión por el instrumento (el tipo de cambio), en vez de seguir discutiendo los objetivos (trabajo, modelo productivo, inclusión social, distribución del ingreso, seguridad social). Qué propuestas llevan hacia su realización, y cuáles tienden a destruirlos.
Publicado en pagina/12   25/01/14

domingo, 12 de enero de 2014

Síndrome de abstinencia


        Por Luis Bruschtein
Ha pasado más de un mes del último acto público en el que participó la Presidenta, el 10 de diciembre, en los festejos por los 30 años de democracia. De un altísimo nivel de exposición, Cristina Kirchner pasó al mínimo. Ha sido un cambio abrupto. La principal comunicadora se llamó a silencio y cedió ese espacio. No fue traumático, fue voluntario, pero produjo un impacto. Era un lugar que la ponía en el centro del universo político. Es la Presidenta, la principal dirigente del peronismo y del kirchnerismo, pero además era la que anunciaba, explicaba, promovía y propagandizaba. Realizar y comunicar al mismo tiempo ponían en paralelo los mundos de la realidad y la virtualidad sobre la base de un gran despliegue de energía. Pero bajo esa luz era imposible visualizar otras figuras.
No fue un cambio de concepción o de rumbo. La Presidenta se mantiene activa, se reúne con sus ministros y toma las decisiones como siempre. Ni siquiera se puede decir que es un cambio profundo. Por el contrario, a veces ese tipo de trasfondos no es tan visible y tiene consecuencias a medida que pasa el tiempo. Esto fue un cambio en el campo de la visibilidad, a plena luz y ostentoso, que no modifica el rumbo del Gobierno, pero que altera el cuadro de la política, transforma sus entramados y relacionamientos y, sobre todo, produce un efecto de extrañamiento en las periferias de la política, en las zonas de la sociedad que solamente llega a la política a través de los ecos a favor o en contra que produce Cristina Kirchner, que es como se relacionan en forma esporádica con la política la mayoría de los argentinos.
La función facilita esa centralidad, pero sostenerla depende de la forma en que se ejerza, que puede ser de liderazgo o no, o que puede tener sólo la apariencia de serlo. No lo fue con Fernando de la Rúa. Y con Carlos Menem fue más apariencia que liderazgo real, porque había una subordinación de partida a un poder mayor. En el caso de Cristina Kirchner ha sido un liderazgo construido casi desde el primer escalón a partir de la gestión. Prácticamente no hubo momento previo. Por eso, en su caso están muy unidas las dos condiciones, la gestión y el liderazgo, porque uno se construyó a partir del otro.
En la Presidenta, como figura política, hay un momento de transición hacia la separación de esas dos condiciones. A la bifurcación entre el liderazgo político y la gestión. Y no se puede decir todavía si la forma definitiva que va tomando esta transición será la actual.
De todos modos, ese movimiento de repliegue dejó una sensación de orfandad en general, de no presencia en el plano de lo virtual de una imagen que para bien o para mal ya formaba parte del escenario de la vida cotidiana. Una presencia que se daba por descontado para quererla o vilipendiarla. Por supuesto, esa sensación es más fuerte entre los que la quieren o entre los que asocian su imagen con un tiempo de cambios y mejoras, con una época de progresismo o de sentidos populares que puede interpretarse como una bisagra en una historia nacional con mayoría de gobiernos conservadores y de intentos populares o progresistas frustrados. Pero también sienten esa ausencia los sectores más conservadores, o en general los que la ven como la consumación de un populismo barbárico. Para unos y otros existe la sensación de que nada será igual en la Argentina después de esta década de gobiernos kirchneristas. Y en ese aspecto, la sensación apunta más a un fenómeno de comienzo de un ciclo que a su final. Como haya sido, la gran frustración de los golpistas del ’55 fue que el ciclo del peronismo no terminó con ese golpe, ni con los 18 años de proscripción que le siguieron.
La Presidenta da un paso atrás y, en los políticos y en los analistas, al extrañamiento se le suma el desconcierto. Se corrió el principal interlocutor, el principal punto de análisis y cada quien se queda haciendo dibujos en el aire. Aunque la rueda de la política siga girando, ha perdido un sentido de espectacularidad que quedó condicionado a las figuras de Néstor y Cristina. En todos estos años, los cambios y los protagonismos fueron creando en el campo de lo gestual, de lo virtual, de las imágenes, como formas de adicción o de condicionamiento tanto en los que respaldan como en los que critican, y más en los que lo hacen con vehemencia. Y ahora, sin ese escenario, hay un síndrome de abstinencia de Cristina.
Se hizo correr como sugerida, algo dicho por lo bajo, con cautela, sin arriesgar demasiado, la sombra de la salud. Ese condicionamiento con los Kirchner funciona en sus antagonistas, aportando espectacularidad desde la catástrofe. Cuando la oposición critica la parcialidad del “relato oficialista”, lo real es que en el afán de exagerar la imagen negativa del kirchnerismo, desde allí tampoco se aportan explicaciones normales. Lo que suceda con los Kirchner tiene que tener visos de ampulosidad y teleteatro como las famosas bolsas de consorcio llenas de dinero y las fantásticas cámaras de seguridad familiares atiborradas de euros.
Cuando la mandataria fue operada del hematoma subdural (una intervención prácticamente sin riesgos), una diputada de la oposición, ex kirchnerista, dijo que podría haber quedado “como un vegetal”. El trasfondo de odio en esa expresión lleva involuntariamente a victimizar a quien se ataca y le agrega elementos novelescos también en el relato opositor.
Esta vez nadie dio la cara, no se dijo abiertamente, pero la misma idea volvió en versiones periodísticas sin fuentes ni sustento. En el mes que transcurrió sin que Cristina Kirchner haya aparecido tanto en las pantallas de TV se tomaron decisiones importantes en casi todas las áreas. Se habrán cometido aciertos o errores, pero no hubo indecisión ni parálisis. No hay motivo siquiera para sugerir la idea de “vacío de poder”. Cualquier ausencia de Cristina Kirchner en la toma de decisiones se hubiera sentido en forma inmediata sin necesidad de ninguna disquisición. La Presidencia no es una figura simbólica y menos para los Kirchner, que organizaron la estructura de gobierno con ellos en el vértice. Un esquema de ese tipo es tan sensible que cualquier movimiento en ese lugar se hace evidente en forma inmediata.
Por eso fue tan visible la retirada presidencial del primer plano de exposición, pero al mismo tiempo lo es que no hay ni hubo vacío de poder y que la Presidenta mantiene el ejercicio pleno de su cargo. No habría forma de ocultar lo contrario. Lo que es visible es que hubo un repliegue en sus apariciones públicas y que delegó esta función en los ministros, sobre todo en el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich.
Además de los extrañamientos y orfandades, hubo una intensificación de los contactos con los medios por parte de los ministros. En los últimos días hubo conferencias de prensa de varios de ellos. Hasta el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, tuvo un largo intercambio con los periodistas, al igual que el ministro de Planificación, Julio De Vido. Capitanich da una conferencia de prensa todas las mañanas. El ministro de Economía, Axel Kicillof, y el secretario de Comercio, Augusto Costa, han hablado varias veces con los medios, ninguno se negó a contestar alguna pregunta y todos han respondido a las más inquisitivas sin que les cambiara el humor.
Los medios opositores habían hecho una teología de la conferencia de prensa, cuya realización o no definía, según ellos, el carácter democrático o autoritario de un gobierno. Hasta hubo una especie de dramatización donde varios periodistas estrella decían “queremos preguntar”. Ahora que tienen acceso a todos los ministros, en la conferencia de prensa de Capitanich del viernes solamente hubo una pregunta y fue de un periodista de la agencia Télam.
Publicado en pagina/12   11/01/14

lunes, 18 de noviembre de 2013

UN OSCURO DIA DE JUSTIN


Por Hugo Salas

VOLVIERON LOS VIEJOS DISCURSOS DISCIPLINADORES...
Y llegó Justin. Primero nos pusieron nerviosos los believers, y hubo que descargar en ellos toda la sorna que nos quedó sin usar contra los emos y las “tribus urbanas”. Qué ridículos, reaccionar así por la llegada de este pavote. Ni que fuera... (ponga aquí el nombre de un ídolo de su juventud). Nadie advirtió que estos fans, solitos, le pintaron la cara al Faena y por extensión a Puerto Madero (emblema del menemismo que aún hoy llevamos dentro). Con su sola presencia, sus gritos y su histeria adolescente obligaron a que la Meca cool mostrara su verdadero rostro: que es un mausoleo para viejos con plata, aunque tengan 20 años. Las manos que mancillaron el Art District con las consignas “te trago la waska” y “colame los dedos” tal vez hayan sido responsables de una de las pocas acciones contraculturales del año.
Y, claro, cuando no lo esperábamos, llegó el plato principal: ídolo suspende concierto. ¿Quién se cree? Tiene la manía de cancelar, el pibe. No nos respeta como país. Es problemático. No se descompuso, se dio con todo. Tendría que haber hecho el show igual. Nótese: no le reclamamos el extravío, ni siquiera que sea “un mal ejemplo”. Si supiera drogarse y cumplir con sus compromisos, sería “un verdadero artista”. Es más, ¿qué ídolo sería sin el glamour de alguno que otro exceso? Por suerte, toditos los medios coincidieron y se apuraron a hacer cola para pegarle.
A un chico que tiene 19 años. Que tiene 19 años y desde hace cinco es una estrella mundial, ya no tiene espacios privados y demasiadas noches al año sale a un escenario a manejar a miles de personas que si pudieran aferrarlo, en la desesperación, probablemente lo matarían. Que no puede decidir que ya no quiere hacer eso. Que tiene que lidiar con un egotrip del que difícilmente saldría bien parado un adulto. Y sí, que probablemente esté en cualquiera. Pero nada de eso nos molesta. A la industria tampoco, por eso mastica a estos chicos como caramelos y los escupe. El showbiz descubrió hace rato que este tipo de talentos son escasos pero renovables. Y si se mueren también venden; ojo, por ahí hasta venden más.
Y está bien. ¿Qué se cree? ¿Que tiene derecho a dejar plantadas a las nenas de los padres que pueden pagar el meet and greet, eh? Beso y fotito, pendejo. No tenés coronita. Vos también tenés que portarte bien, aunque seas un sirviente de lujo. Y nos pone contentos que a él también le toque, y la sobreexplotación que no toleraríamos sobre ningún otro chico, nos parece entendible porque tiene fama y es millonario. El rock pierde así su última arista de resistencia. La estrella representaba la posibilidad –siquiera ilusoria– de que alguno que otro elegido escapara de la explotación. El ídolo le sirve hoy al sistema para convencernos de que el monto vuelve justificable, tolerable y justa la explotación. Y de ahí en más, sólo queda discutir el precio.
Publicado en suplemento radar del Pagina/12 el domingo 17/11/13

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Sergio Massa: instrumento del capital financiero


Por Leandro Cabello
El paso por el kirchnerismo de Sergio Massa para terminar en donde se encuentra hoy no habla de una modificación de su propia formulación política. Mucho menos quiere decir que hoy por hoy kirchnerismo y "massismo" –si es que existe tal término o si solo es una lavada de cara de lo que ya existía- sean lo mismo.
De la variopinta cantidad de explicaciones posibles, resaltan dos. Por un lado, el kirchnerismo debe replantearse sus métodos de armado político: no es poca cosa que varios de los principales opositores a este gobierno poco antes fueran integrantes del mismo.
Así como muchos se fueron, es posible que varios oficialistas sean los próximos opositores. Es este uno de los más importantes motivos por los cuales se dificulta la profundización del proyecto político, nótese que las deserciones se dan cada vez que se avanza en la cuestión nacional, el conflicto mismo generado no permite que intereses contrapuestos prosigan juntos.

Por otro lado, la estadía de Massa en el kirchnerismo, insistiendo en el asunto, no fue un replanteo de sus concepciones políticas, sino un mero oportunismo propio de aquellos que son capaces de camuflar momentáneamente sus intereses a la espera de la consagración propia.

Massa fue parido políticamente por la UCeDé, partido fundado por Álvaro Alsogaray, uno de los principales impulsores de la reducción del Estado para que sólo se ocupe de las cuestiones más elementales y no intervenga en el manejo de los aspectos básicos de la economía.

Este viejo jefe político de Massa adquirió reconocimiento público con frases como "hay que pasar el invierno" –siendo Ministro de Hacienda de Frondizi – proponiendo un plan antiinflacionario reaccionario; o "el único golpe de Estado justificable fue el del 55", viendo en el tres veces presidente Juan Perón al enemigo de los sectores cuyos intereses defendía. Con respecto a este último punto, Jorge Abelardo Ramos lo definía como "un representante de los intereses de las grandes empresas multinacionales, que no son solamente succionadoras de las riquezas de nuestro país sino de las del mundo entero".

La UCeDé sacó una interesante cantidad de votos en las elecciones presidenciales del 89, teniendo como base electoral a los sectores de la clase media más volátil de las grandes urbes que sienten un rechazo por las muchedumbres y que se desvelan por las "libertades individuales".

Cuando el PJ, cooptado casi en su totalidad por el menemismo, pasó súbitamente del "salariazo y la revolución productiva" a las privatizaciones y el desmantelamiento del Estado, al partido de Alsogaray no le quedó más remedio que el acercamiento.
Entre sus dirigentes hubo quienes se resistieron al ingreso; no fue el caso de Massa que participó activamente del ala que buscaba la fusión con el gobierno que hacía realidad el programa liberal de Alzogaray.

Así, Massa llegó, gracias a su "padrino político" Luis Barrionuevo, a una subsecretaría en el Ministerio del Interior y luego, con la intermediación de su suegro, el "Pato" Galmarini –asesor de Duhalde durante su interinato como Presidente- se posicionó al frente de la ANSES.

Este tramo de su vida política, que arranca cuando era un estudiante secundario que militaba en la juventud liberal de la UCeDé, si bien es fundamental, no es suficiente para hacer una crítica política. Vale decir, el problema no es solo su origen político sino cómo se mantienen hoy los mismos planteos con los que Alsogaray, influido por rabiosos monetaristas de la talla de Alfred Müller-Armack, Ludwing Erhard y Milton Friedman, formó a sus dirigentes.

Días previos a las PASO sacó todo el arsenal. Entre sus declaraciones destacan: "El sector que más aporta a la balanza comercial es con el que peor estamos. El campo, que es la actividad que más posibilidades de crecimiento tiene, es el que sufre más fricciones"; "El desendeudamiento fue importante, pero hay que entender que estamos perdiendo oportunidades en un mundo donde sobra liquidez"; "Debemos terminar con la idea de querer regular todo" y finalmente propuso la vuelta a las AFJP en "forma complementaria".

Con estos enunciados se puede ver que es uno de los representantes que tienen los sectores concentrados agroexportadores furibundos por las retenciones y la negativa a devaluar, las transnacionales que ven dificultada la transferencia de renta al exterior; los especuladores que desean aprovechar las bajas tasas de interés internacionales para aumentar la obtención de renta sin producir absolutamente nada, y el capital financiero internacional que quiere recuperar los fondos provisionales y subordinar a nuestro país por medio del endeudamiento como en el cuarto de siglo que siguió a 1976.

Pasado y presente definen a un personaje hecho a la medida de la intervención extranjera en países de la periferia. Para un país que cometió el de alejarse de las órdenes del capital financiero mundial para buscar la redistribución de la riqueza entre sus habitantes, Massa, junto al resto de los políticos formados en la usina de la partidocracia y a la "legión de los expertos en finanzas que no saben nada de economía", son el instrumento para volver el tiempo atrás, a esos años en los que el endeudamiento estaba por encima de la felicidad de los argentinos.