lunes, 24 de marzo de 2014

Paro maestro


 Por Eduardo Aliverti

El enorme conflicto docente en la provincia de Buenos Aires –que no cambia en absoluto por la orden judicial de levantar el paro– ejerce un influjo y proyección que exceden a ese territorio. Merece estimarse cual viga estructural. Renueva la necesidad de debate, y decisiones profundas, sobre las preferencias y posibilidades de un modelo nacional que se presenta como la más alta chance de repartir mejor la riqueza. De apostar –o no– a vías de desarrollo asentadas en algunos ejes innegociables.
El problema en “la provincia” está bien por encima de casi todos los que fueron resaltados en la agenda publicada. Puede salvarse la marcha de la inflación, porque atañe a cómo le va al Gobierno con los formadores de precios. Pero del resto, ni Cristina con el Papa; ni Macri fotografiándose en Wall Street; ni Moyano y Barrionuevo lanzando un paro nacional al que ni siquiera se animaron a ponerle fecha; ni los dimes y diretes del acuerdo con Irán por la causa AMIA; ni la reunión de los gobernadores peronistas; ni los casos de los jueces Bonadio y Oyarbide; ni (ay) las batallas de egos por las asistencias y ausencias al Salón del Libro de París, llegan al canto de la uña de lo implicado por el mayor distrito del país sin haber empezado las clases en las escuelas públicas. Mucho antes que tratarse de proporciones geográficas, peso económico, especulaciones electorales, la huelga estatal de maestros y profesores bonaerenses lleva –debería llevar– a que nos sinceremos de qué se discute cuando lo hacemos sobre educación; o, más largo, a qué es lo que verdaderamente les importa a quiénes. Una primera observación es que, excepto San Luis, Santa Cruz, Córdoba, Santiago del Estero, Santa Fe y Ciudad Autónoma de Buenos Aires, todas las jurisdicciones están con paros y conflictos docentes. Los impactos son diversos, pero no sólo por la incidencia de los gremios involucrados sino, y sobre todo, por la trascendencia mediática. En Chubut, las clases tampoco empezaron. ¿Los niños y adolescentes de la educación estatal de Chubut son menos importantes que los de la provincia de Buenos Aires? La dimensión numérica condiciona la repercusión mediática. Que cada quien se reconozca. Si no fuera por la provincia de Buenos Aires (alrededor de cuatro millones de estudiantes primarios y secundarios, que están arriba del 40 por ciento del alumnado de todo el país), ¿cuántos irritados de las redes sociales, de los provocadores telefónicos en las radios, de las figuras periodísticas, se indignarían por los pibes tomados de “rehenes” en las huelgas docentes? ¿Cuántos de ellos se preguntarían acerca de la problemática educativa en general, si no fuese por los inconvenientes suscitados a la gente bonaerense que les queda cerca? Pero así funciona; aquí y en todas partes, hoy y siempre. El centro irradia hacia la periferia. Nunca al revés.
Un segundo desafío, que interpela constantemente, es dejar de lado el cualunquismo analítico. Tanto como no resiste juzgar “la inseguridad” con el reclamo de que maten a todos o de que endurezcan las leyes, no es sensato, ni antes, ni ahora, ni jamás, insistir con argumentos facilistas frente a asuntos como la educación, que le rompen la cabeza al más pintado. La nómina de tonterías generales sale de corrido: los docentes tienen tres meses de vacaciones; se pasan de licencia en licencia y de suplencia en suplencia; escriben con horrores de ortografía y encima quieren aumento; no se capacitan, y a lo sumo asisten a cursos de perfeccionamiento que son transas de los sindicatos para sumar puntos burocráticos al CV; su ruta. Debiera ser curioso que quienes reducen la labor docente a esos exabruptos –sin duda existentes, y agraviantes– no trasladen la misma condena a ciertas gentes a quienes votan, para cargos ejecutivos y parlamentarios desde los que son incapaces de construir una oración con sujeto, verbo y predicado; o algún texto, oral o escrito, que supere el rango de composición tema “La vaca”. No citemos nombres propios. No hace falta, se supone.
En tercer lugar, sobresale esa recurrencia a hablar de los pibes como rehenes de la ¿extorsión? de los gremios docentes. Es una sobresaliencia que no se percibió con el mismo vigor cuando, en diciembre pasado, las policías provinciales dejaron a sus distritos en situación de tierra de nadie. Resultó, entonces, que se habló de los salarios flacos de las fuerzas de seguridad, con un ahínco que no se nota a propósito de lo que cobran los docentes. ¿Será que “la seguridad” es ubicada un escalón, o varios, arriba de la educación? ¿Que no se encuentra relación entre una cosa y la otra? También se dice que lo prolongado del conflicto docente beneficia a Scioli porque, del mismo modo en que hubo de encontrársele una salida urgente a la presión policíaca, no hay huelga de maestros que aguante por tiempo indeterminado. La diferencia es que sin policía no hay sostén más de unas horas, y sin clases se sostiene bastante más. No mucho. Es incontrastable que una huelga docente por tiempo indeterminado está condenada al fracaso, como método de lucha. Desde allí se colige que, incluso, el emperramiento de los gremios bonaerenses beneficia al gobernador, porque lo victimiza. Pero al cabo de conjeturas como ésas, que se potencian al haberse desatado quién sucede a Cristina en la ancha avenida peronista, ¿es ésta la manera de discutir educación pública? Y visto desde la percepción popular, desde la mesa cotidiana, desde una introspección que no ponga las responsabilidades invariable y exclusivamente en las dirigencias, que se centre además en las de los actores sociales que somos, ¿estamos discutiendo educación o estamos viendo a la escuela como el depósito donde recluir a los pibes para que la otredad se haga cargo sin que importe cómo? Hablamos de educación pública, claro. Estatal. El debate sobre la privada circula por otro carril, en el que también sería positivo discernir cuánto importa qué y cómo se enseña aunque, por lo pronto, ahí no hay paros docentes. Igualmente, alrededor del 70 por ciento del alumnado argentino concurre a escuelas de gestión estatal. El peso mayor de la discusión, entonces, pasa por allí.
Hay una distorsión que complica cualquier análisis. Gracias al menemato, en rango primordial, la Nación, el gobierno central, tiene en lo educativo –y en el área de Salud– una función que en el mejor de los casos es orientativa. Lo demás consiste en un federalismo que es tan cerrado en su aplicación como enroscado en su practicidad. Si de por sí es dificultoso saber a ciencia cierta cuánto gana como promedio un docente, considerado el país como marco general y siendo que intervienen factores propios de cada distrito que, a la par, son disímiles entre sí, más complejo todavía es descifrar el galimatías de componentes salariales. Pero al fin y al cabo, entrándole del derecho o del revés, se concluirá en que maestros y profesores no son precisamente el sector mejor pago de la administración pública. Y eso conduce, leyes vigentes aparte, a la discusión de si lo educativo es o no una prioridad auténtica del gobierno nacional; y a si se toma o no al aspecto salarial como una cuestión determinante. Situar al carro donde se debe sería que se les paga a los docentes en orden primordial, en monto, tiempo y forma, con el Estado capacitándolos como corresponde en vez de tercerizar la capacitación; en vez de llamar a la paritaria nacional siempre tarde, tardísimo; en vez de ampararse en que los chiquicientosmil gremios y facciones de los educadores chantajean al Gobierno, más el argumento de que las bases, en las asambleas, vienen siendo trosqueadas por los grupos sólo interesados en pudrir a como sea. Es este mismo gobierno el que priorizó la inversión en ciencia y tecnología, repatriando más de mil científicos, varios o muchos de élite, brindando signos de que es por ahí donde están presente y futuro. Falta una decisión similar en el plano de los maestros de grado, de los profesores efectivos; una orientación general, un llamado a dejarse de joder que tenga contraparte salarial irrefutable. A quiénes se les extrae renta para concretar eso es, también, otra discusión. O una más. O la clave. En el caso bonaerense en particular, la gobernación debe hacerse cargo, por ejemplo y nada menos, de que en 2012 los patrones de estancia le torcieron el brazo cuando se intentó un revalúo inmobiliario rural. Como lo señala Héctor Valle, uno de los mentores del Plan Fénix, no hay otras opciones que estas dos: se toma deuda –cosa que el gobierno provincial ya hizo, y en dólares– o se avanza muy firmemente en la progresividad del sistema tributario. Pero no debería estar en duda la prioridad de lo educativo. Según los números integrales, eso está satisfecho. Jamás fue más alto el presupuesto en Educación; jamás se dio mejor cumplimiento a los parámetros internacionales requeridos; jamás, en términos de la macroeconomía, se les otorgó a los docentes mejor salario. Pero pasa que esos números, por más que el Gobierno demuestre la curva ascendente del 300 y pico por ciento, desde 2003, en el salario nominal de los docentes, no se condicen con para cuánto les alcanza en el bolsillo de acuerdo con responsabilidades, y trabajo concreto, que son mayores a los de otros empleados públicos. Ampliamente mayores. Profesionales y trabajadores de la Salud, junto con las fuerzas de control del “orden público”, son los únicos que pueden equipararse a la carga social que tienen los docentes. Un maestro es prioridad, y sanseacabó. Con la policía se arregló casi de inmediato, vale insistir, sin que importara el costo fiscal.
Y finalmente, pasa que hay un ruido cuya administración política e ideológica es ¿muy difícil? de procesar. Los docentes ganarán poco, o insuficiente, y está bien que reclamen aunque pueda o deba ponerse en duda el graderío con que lo hacen. El pequeño detalle es a quién irán a reclamarle, con cuáles probabilidades de satisfacción, si se termina este experimento que tiene tanto de desprolijo como de progre. La pregunta no vale sólo para los docentes de la provincia de Buenos Aires, por supuesto.
Pagina 12 - 24 de marzo del 2014

lunes, 10 de marzo de 2014

Volvieron los ornitorrincos

 Por Eduardo Aliverti
Cuando hay enfrentamiento político fuerte, como el que vive Argentina hace ya tiempo y siendo que esa tirantez se expresa sobre todo en los medios de comunicación, lo que desciende de un lado nunca tiene que ser una baja completa: debe mantenerse la ofensiva de alguna manera.
En estos últimos días hubo dos temas centrales. Primero es el conflicto, serio, en la paritaria docente nacional. La oferta gubernamental y las aspiraciones salariales de los sindicatos están lejos. Y se le suma que no sólo hay en danza el porcentaje de aumento, sino su carácter constitutivo. Presentismo sí o no como recompensa; forma de estimarlo con justeza, en un esquema de dispersión salarial balcanizado gracias al inolvidable menemato que dejó a la Nación sin escuelas ni hospitales; especulaciones electorales de los distritos, según sea que estén en manos oficialistas u opositoras. Una mirada pretenciosamente objetiva diría que hay “durezas”, altamente polémicas, de ambas partes. El Gobierno arrancó con una propuesta insostenible en cuanto al monto ofrecido, después lo subió, aunque en unas cómodas cuotas que terminarían en junio del año que viene (lo cual tampoco es muy serio que digamos). Y los sindicatos remiten la paritaria al único criterio del sueldo, derivando hacia otras instancias de discusión ítem que enojan a la sociedad con el gremio docente. Entre ellos y a la cabeza, los abusos en licencias y ausencias que –por favor– están muy lejos de ser una característica exclusiva de maestros y profesores. Sin embargo, está claro que hasta aquí hay vocación de diálogo y que nadie quiere terminar de pudrirla. El propio periodismo opositor, en su construcción de sentido para la clase media, trabaja el conflicto echándole la culpa al Gobierno porque, al no arreglar de primera movida o en plazos razonables, deja a los padres con problemas para saber qué hacer con los pibes si las clases no empiezan o los paros serán recurrentes. Pero no le da para ignorar que jamás hubo una escalada de inversión presupuestaria y recomposición salarial como la de esta etapa, sin que esto signifique que los docentes están bien pagos. Son comparaciones. Los gremios lo saben y reconocen, y de allí la disposición a continuar negociando y la improbabilidad de que el oficialismo sea atacado a diestra y siniestra por ese costado. La oposición también lo admite, de forma que no es por ahí donde resulta mejor sostener embestidas. Ergo, apareció como agenda que la reforma del Código Penal es un mamarracho indefendible.
El juez Eugenio Zaffaroni, quien presidió la comisión redactora del anteproyecto, se mostró ofendido y difamado –y extendió esa sensación a sus pares del cuerpo– en la destacable entrevista que la periodista Irina Hauser le realizó para Página/12, publicada el miércoles pasado. Y ayer se abundó en igual dirección, no sólo en este medio. Desde ya, mucho más que el estado de ánimo del juez cuentan las razones técnicas, demoledoras, con que contesta, uno por uno, todos los cuestionamientos insolentes que el alcalde de Tigre, algunos radicales, Eduardo Duhalde y las cohortes mediáticas desplegaron sobre el tema. Vaya una rápida síntesis para ilustrar. Se dispara contra la cantidad de delitos excarcelables, cuando la prisión preventiva y las excarcelaciones son aspectos que regulan los códigos procesales de las provincias. No el Código Penal. Los delitos de orden común los juzgan las Justicias provinciales, no la federal. Massa propuso juntar firmas o hacer una consulta popular para frenar el proyecto, y el último párrafo del artículo 39 de la Constitución establece que están prohibidas las iniciativas populares en materia penal. Se critica que en el anteproyecto no hay prisión perpetua posible sino un tope de 30 años, que es “el límite que responde más o menos a la mejor legislación comparada del mundo civilizado”. La pena de reclusión perpetua, que en Argentina debe entenderse como “prisión” desde la ley de adecuación del estatuto de Roma, desapareció en los hechos desde 1958. No se evapora ningún registro de reincidencia. Lo que desaparece es justamente la libertad condicional, que suelta al preso “para que no se lo vea más porque sólo tiene que ir a firmar una vez por mes”, y se la reemplaza por penas sustitutivas convenientemente controladas. Y lo único que tiene el texto de “revolucionario” es que suplanta al caos total vigente porque, en sí mismo, es en realidad conservador, ¡dice el propio Zaffaroni. ¿Cuánto nivel de impudicia se necesita para desconocer tan brutalmente materias legales y transformar eso en el brulote de que nadie va a ir preso? Como también dice el juez de la Corte, el hombre común que oye las barbaridades que se dicen piensa que cualquier sujeto que mató a toda la familia será indagado y mandado a la casa mientras se hace el proceso. El “ciudadano zapatero” que lo registra tiene todo el derecho a creer que se juntaron a modificar el Código Penal “cinco dementes irresponsables”, de proveniencia ideológica plural, incluida la mismísima derecha a través de Federico Pinedo, diputado nacional del PRO que también debió salir a retrucar los disparates de Massa y compañía (para luego, eso sí, quedar desautorizado por Mauricio Macri y María Eugenia Vidal; le aprobaron formar parte de la comisión evaluadora de un asunto que atañe a la mentadísima inseguridad, y de pronto se les ocurre que no es momento para abordar la cuestión).
Hacia fines de mayo del año pasado, días después de la advertencia editorial de un periodista de La Nación –sin precisiones de índole alguna– acerca de que el Gobierno se aprestaba a intervenir al Grupo Clarín, el escritor William Scholl publicó en su Facebook un relato paródico sobre las operaciones de prensa a partir de noticias falsas. Muchos lo recordarán, porque fue todo un suceso en las redes y más allá también. Scholl utilizó la figura del ornitorrinco, mamífero de lejanas tierras que no habita la nuestra. Se valió de la información apócrifa real, sirva la figura. Y desde allí tejió un encadenamiento en el que lo inverosímil avanza hacia lo ridículo, pero concretando la impresión buscada: la parodia es tan obvia como la certeza de que sus graderíos son más o menos del mismo modo efectivamente, respecto de la impunidad con que suele manejarse cierto periodismo. En la noche del domingo de la falsedad noticiosa, acerca de que el Gobierno tendría listo un plan para eliminar a todos los ornitorrincos de Argentina, un monologuista televisivo ruega a sus consumidores que hagan algo para parar el exterminio, y que no lo hagan por él, sino por los ornitorrincos. Al otro día, el diario del grupo involucrado titula que hay una feroz embestida gubernamental contra los ornitorrincos. Con amenaza de extinción incluida. Y sigue con una serie de periodistas y dirigentes políticos, quienes se suman al delirio parido por el invento de base, llegando a una ONG con sede en Washington que llama a parar la matanza de la dictadura argentina. Todo termina a la semana siguiente, con el editorialista original diciendo que un funcionario del Gobierno, al que tampoco identifica, confesó la decisión de dar marcha atrás con la masacre de ornitorrincos, gracias a la determinación de la prensa independiente.
Si en su momento no lo leyeron, estimados lectores, háganlo porque es formidable la similitud entre haber artificiado que se pensaba intervenir a Clarín, el invento de que habrá un nuevo Código Penal capaz de convertir al país en una orgía delincuencial sin precedentes y las bolas de nieve armadas alrededor de ambas manipulaciones. Sin embargo, y nobleza obliga, en algún sentido esto es peor que aquello porque el invento de que se pensaba entrar a Clarín manu militari, o muy poco menos, arrancó en una operación periodístico-corporativa que contó con el apoyo dirigencial opositor. Ahora, en cambio, la alucinación operada nace en la dirigencia política, o concretamente en la necesidad de Massa de ganar espacio desde la demagogia del falso sentido común. Podrá decirse que en el fondo de los fondos es lo mismo y podríamos estar de acuerdo, pero hay ciertas diferencias que, tal vez, no sean tan sutiles. Una cosa serían medios de comunicación privados que juegan a sus intereses para que, de última, los clientes “compren” o no de acuerdo con la escala de valores que manejan. Y otra cosa vendrían a ser dirigentes partidarios –con aspiraciones presidenciales, para más– capaces de fabular desde una ignorancia explícita y/o maniobrada a sabiendas. ¿Es lo mismo la responsabilidad política y social exigible a un Magnetto –para el punto, o pongámosle– que la requerida en torno de un o unos dirigentes aspirantes a conducir la dichosa República? ¿Son lo mismo un “particular” fantasioso u operador, periodista o medio, por más poderoso que fuere, y un candidato a representar mayorías o minorías populares que no tiene idea de la Constitución nacional, ni de un borrador de proyecto de ley consensuado por especialistas? También, nobleza obliga, el artículo del colega Ignacio Miri, en Clarín del jueves, admite que este año habremos de acostumbrarnos a que las leyes, antes de escribirse, traerán consigo que gente como Massa, “sin pergaminos conocidos en el análisis jurídico pero con un olfato político que le reconocen hasta sus adversarios”, se dé cuenta de las oportunidades servidas. Lo único que le preocupa a Massa, dice directamente Miri para agregar al intendente de Tigre confesando en la intimidad que le “dejaron el hueco”, es no habilitarle la iniciativa al kirchnerismo, aunque en la confección de la reforma del Código Penal hayan intervenido “prestigiosos expertos”. La Gran Carrió, lo denomina asimismo el colega. No importa o no sé pero me opongo, con cuanta más virulencia mejor.
En resumidas cuentas: si el dólar quedó planchado y las catástrofes anunciadas no se produjeron, mejor que vuelva la masacre de ornitorrincos.
Publicado por pagina/12 el dia lunes 10 del 2014

lunes, 3 de marzo de 2014

ADELANTO EXCLUSIVO: LAS DEFINICIONES POLITICAS DE MAXIMO KIRCHNER COMO ORGANIZADOR Y DIRIGENTE DE LA AGRUPACION LA CAMPORA

“Siembran desánimo porque no quieren que nada cambie
El libro Fuerza propia. La Cámpora por dentro, de Sandra Russo, que la editorial Debate distribuye esta semana, incluye dos largas conversaciones con el hijo de dos presidentes. En los siguientes extractos aparecen su concepción de la política, los objetivos de la organización y su visión sobre los principales temas de la actualidad nacional.
 Por Sandra Russo
El 27 de octubre de 2010 murió su padre. Y lo que ellos ya estaban construyendo desde hacía años se hizo voluminoso. No se generó de la nada, sino con lo que ya se había hecho en los seis años anteriores. Pero en la mirada pública, los jóvenes salieron de debajo de la alfombra.
–Entonces se multiplicaron, se mezclaron todos los relatos sobre La Cámpora. Si íbamos por los contratos, si éramos los hijos del poder. Aunque no lo admitan ni hoy, tuvieron que reconocer que había muchos pibes y ellos no los veían. Yo me acuerdo de una nota que salió entre el acto del Luna Park y la muerte de Néstor, que hablaba de “mística prefabricada”. Esa es la visión de ellos. El simulacro. Ellos no creen y suponen que entonces nadie cree. Un mes después se muere Néstor y salieron a decir que lo armó Fuerza Bruta. No lo pueden explicar. Se van por la tangente. Estaba en el aire. Yo lo había olido en el Luna Park, ese magma. Sobre la salud de Néstor, yo percibía. Pero el tipo lo tenía decidido, iba a seguir. Eso lo hablé hace poco con la hija de Hugo Chávez. Ella estaba enojada por el desgaste que producía la campaña en la salud de Hugo. Pero qué podés hacer. Lo podés sentar, le podés decir lo que vos pensás, lo que vos preferís. Pero es su vida, son sus decisiones. Antes del acto del Luna Park, cuando recién salía de la internación, yo le decía: “no vayas, no vayas”. “No –me decía–, quiere hablar tu vieja pero voy a hablar yo, porque los pibes me quieren escuchar.” Logramos que no hablara. Vos ves las imágenes y le ves la emoción en la cara, en los ojos. Trato de no ver el video, no lo resisto. El vio la semilla. Y después la riega el 27. Y la nuestra es la responsabilidad del chico del violín, el de la película. El que dice “este violín me lo dio el Presidente”. Esos pibes tienen la posibilidad de vivir de acuerdo con lo que creen, de animarse a creer, de animarse a desilusionarse. Porque esto es así. Te desilusionás muchas veces pero volvés a creer. Hay riesgos. Los Alberto Fernández en política son una constante. No deja de doler, pero uno tiene que seguir. Cuando Néstor muere en Calafate, yo no lo quería traer. Yo quería que se quedara en Gallegos. No quería verlo rodeado de gran parte de la dirigencia política, los que lo habían difamado, le habían mentido, lo habían traicionado... Porque traicionarlo, y con De Narváez... Pero cuando vi a la gente, dije: “Bueno, esto es otra cosa”.

Los compañeros

Ahora La Cámpora forma parte de Unidos y Organizados, que “nos supera, es más grande que nosotros, pero para llegar a eso tuvimos que pasar por todo lo anterior”. En perspectiva, desde sus orígenes, La Cámpora lo que ha hecho es aglutinar. Primero, a los militantes de los ’90 que no tenían pertenencia o que se resistían a una conducción. Después, a las nuevas generaciones, que ahora son las que la nutren mayoritariamente. Esos chicos y chicas –ejemplifica Máximo– “nacieron con Telefónica. De Entel ni se enteraron”. Sin embargo, esas generaciones ya llegan embanderadas con la idea de un país, y con la conciencia de que a ese país sólo se puede llegar a través de un salto colectivo.
Los más chicos, mientras tanto, empiezan a trabajar en los barrios, que son el epicentro de todo. El trabajo territorial ahora lo hacen también los cuadros universitarios. Sobre ellos, sobre el semillero, sobre las mil flores, Máximo dice:
–Nosotros no bajamos a los barrios como una cuadrilla de limpieza ni a repartir nada. Cuando la gente se involucra y cuida las cosas, se quiere más, vive mejor, se puede organizar. No hay organización posible si no hay autoestima. No sabemos qué expresión electoral tendremos, pero estará bien lo que resulte. Nuestro trabajo es a largo plazo. Nosotros abrimos. Hoy parece que el peronismo es lo que abarca todo, pero hay que ver qué piensan los pibes, si se sienten tan representados de esa manera como para decir que son peronistas y ya está. Lo que se escucha es Cristina. Los veo muy de ir con lo propio. Están muy decididos. Y eso es lo que no ve ni siquiera gente que nos ha venido acompañando. Ven a los pibes y se enervan. Nos dicen soberbios. ¿Por qué soberbios? ¿Uno defiende su posición y es un soberbio, y se tiene que bancar que vengan y te insulten y te digan que todo anda para la mierda y, de esa manera, callado, uno estaría demostrando que es democrático? ¿Y qué sería lo democrático? ¿Que el que sacó el 16 por ciento le diga lo que tiene que hacer al que sacó el 54? Que digan lo que quieran, nosotros seguimos. La Cámpora no es ni dogmática ni pragmática en exceso. Esa permeabilidad nos permite seguir ampliando bases. Hay políticas fuertes, como la de derechos humanos, o el desendeudamiento, que son esenciales, constitutivas, como la conducción de Cristina. Sabemos que hay sectores con los que no es posible ningún acuerdo porque si no te cagan a la entrada te cagan a la salida. Después, hay mucho que es discutible, conversable. Pero que se pongan entre ellos mismos de acuerdo. Porque si un día la asignación universal se va por la canaleta del juego y de la droga, y al día siguiente otra persona de la misma foto es capaz de decirte que el problema es que hay que aumentar la asignación, no hay discusión posible. Lo que reclamamos es un poco de consistencia. Nosotros a los pibes no les vamos a decir que no se puede. Los pibes ya se despertaron. Esa porción de la Argentina, después de 2015, va a seguir exigiendo.

La fuerza propia de este proyecto

–Más allá de las organizaciones juveniles, de todas las organizaciones, no sólo la nuestra, yo creo que toda la juventud entiende que la cosa va por otro lado, y el cambio se va a terminar dando. Esto tiene que cambiar, pero no es medible en períodos electorales. Diez años no es nada. Hace diez años llegamos y era desolación. Yo entiendo que muchas veces se diga de mí: “El, porque está en otra situación”. Y es verdad. Pero, en líneas generales, la situación de toda la sociedad mejoró en estos diez años. Algunas de esas mejoras trajeron aparejado otro tipo de problemas, y no lo vamos a negar. Las mejoras en el poder adquisitivo de la gente, por ejemplo, traen otros problemas que crea el ritmo de consumo de la sociedad. Las mejoras en términos laborales traen aparejados ahora otros problemas, los salariales. Yo creo que de todos modos esas reivindicaciones salariales no pueden ser las únicas de los gremios, porque por caso están las reivindicaciones por las condiciones de trabajo. Y también falta la conciencia de que cada gremio es parte de un todo. No es que no entienda la lógica corporativa, ¿eh? La entiendo, pero la última vez que la política se corporativizó fue en 2001, cuando toda la política se cubría a sí misma. Y estalló todo. La política dejó a la sociedad de lado y se quiso salvar sola. No pudo ser. La discusión que tenemos por delante es inmensa, por eso creo que hasta la Iglesia está cambiando, o queriendo cambiar. Los medios se centraron últimamente en el ataque a la juventud en general, y a algunas organizaciones juveniles en particular. Dicen que todo se hace por contratos, por cargos. Ese cliché. Y mientras tanto no se ocuparon de los pibitos que son usados para vender drogas, para delinquir o asesinar. Se olvidaron de un montón de cosas. El eje de ataque de algunos medios fue la juventud que hace política. (...) Estamos dispuestos a discutir todo lo que sea, lo que haga falta. Pero que nos ataquen cerrilmente mientras obvian otras cosas muy graves que pasan alrededor del tema de los jóvenes, por acción u omisión... En este país hay muchos jóvenes trabajando seriamente por otra cosa. Hay que alentar esas acciones. Si uno pretende que la sociedad cambie desde el desánimo, no cambia más. Por eso siembran desánimo.

Las elecciones de mediano término y las de 2015

–Lo que pasó estaba dentro de nuestras expectativas. Las elecciones de mediano término... Las únicas que ganamos fueron las de 2005, cuando Cristina fue candidata por la provincia de Buenos Aires. Las otras las perdimos. Creo que el principal derrotado en las elecciones del año pasado fue el odio. Habría que ver la Capital Federal en ese sentido, ahí todo tiene otra composición, pero lo que pasa ahí no es lo único que pasa. En líneas generales en todo el país lo que fue furiosamente antikirchnerista no cuajó. Uno ve cómo termina De Narváez, que se paró ahí, en el “Ella o vos”, que le había ganado a Néstor Kirchner, que tenía la fórmula de la Coca-Cola, y lo ves terminar boqueando con Plaini, con Moyano, y que fue del treinta y pico que creía que tenía al cinco por ciento. La política es muy dinámica. Lo que sí es claro es que hay proyectos que electoralmente se vienen sosteniendo. Esos proyectos pueden tener a veces más o menos votos, pero es eso lo que finalmente se plantea a través de las ofertas electorales, los proyectos. En octubre el derrotado fue el odio, salvo en el caso de Carrió, que representa a los sectores más recalcitrantes y conservadores de la Ciudad de Buenos Aires, donde se concentra la mayor parte del odio y el poder mediático. Como perdió el odio, esos sectores hoy apoyan a Massa, que es confuso. La propuesta de Massa es ésa, la confusión, un tipo que estuvo dentro del proyecto, que fue fronterizo, que en 2011 acompañó a Cristina muy contento. En cómo le fue en las elecciones pesó la asociación que hizo mucha gente entre su figura y las políticas de inclusión jubilatorias que llevó adelante este gobierno. Massa fue un administrador de los recursos que se obtuvieron gracias a consensos que costó mucho lograr, y no fue él el que los logró. Empezó su campaña diciendo que había que preservar lo que estaba bien y cambiar lo que estaba mal, de modo que los beneficiarios de la asignación, por ejemplo, no se sintieron amenazados. Aprovechó. Percibió que no había cabida para algo rabioso contra el Gobierno. Los poderes de siempre buscaron que los representara alguien más tamizado que los candidatos puramente odiadores, y Massa se deja usar en ese sentido. Pero va a tener que cuidarse, porque cuando te usan esos sectores, si no respondés fielmente a lo que te piden, de la misma manera que te impulsan te desechan. Massa hace ruido rápidamente primero, porque se rodea de economistas que sabemos lo que plantearon y plantearán, y aparte es obvio que muy pronto se le exige una postura de mayor enfrentamiento. De repente van todos con la Constitución en la mano –era muy gracioso ver a gente como Cariglino con la Constitución en la mano– porque querían firmar ante escribano que se iban a oponer a la reelección de Cristina. Era patético, porque ellos arrancan la campaña con un tema que no salió de nosotros, Cristina jamás planteó su reelección. Confunden las cosas. Cuando nosotros hablamos de llevar adelante un proyecto político en el tiempo, ellos permanentemente lo confunden con los tiempos institucionales. No hablábamos de eso. Nunca hablamos de eso. Cristina conduce un proyecto político y ha generado prole, lo cual a esos poderes de siempre les crea un problema. O sea: que haya generado prole le da la posibilidad de una continuidad en el tiempo, y es eso lo que nunca había pasado y a lo que se oponen férreamente. Eso le da una identidad que va más allá de su persona como candidata. Matrimonio igualitario, recuperación de Aerolíneas, de YPF, son todas cuestiones que cruzan transversalmente a la sociedad. Esa identidad que logramos no a través de palabras sino de hechos y gestión es lo que atacan brutalmente cuando atacan a La Cámpora o a las otras organizaciones políticas que acompañan este proyecto. Ellos tienen la necesidad, para llevar adelante las políticas económicas que les interesan, de que este proyecto político termine mal. Si uno repasa la historia argentina, a esos intereses siempre la violencia les sirvió para confundir y terminar imponiéndose. La violencia es una herramienta útil para ellos. ¿A quién terminó beneficiando una y otra vez la violencia social o política? A los sectores más concentrados de la economía. Sin excepciones.

Los cambios y las reformas que hagan falta

Máximo observa qué pasa en algunos países vecinos. En Chile, por ejemplo, donde Michelle Bachelet fue nuevamente electa después de los cuatro años frustrantes de la derecha de Piñera, o en Uruguay, donde Tabaré Vázquez vuelve a asomar como posible presidente.
–En Chile la Constitución dice que nadie puede tener más que un solo mandato, pero parece que la gente quiere otra cosa. La reforma constitucional es una discusión pendiente que habrá que dar, no ahora, porque van a decir que es oportunista. Pero eso no quiere decir que en algún momento no haya que darla. El tema de la posibilidad de la reelección no pasa por una cuestión constitucional, sino por lo que la gente quiera. Si te vota o no te vota. ¿Qué era lo que decía Clarín en su momento? Pasan los gobiernos y Clarín queda. Claro. El sistema está organizado para que esos poderes, sea Clarín o cualquier otra corporación –porque a esta altura Clarín es un símbolo que lo excede–, puedan desarrollar sus intereses sabiendo que a lo sumo tienen que resistir uno o dos mandatos. Ellos quedan. Cuando Néstor habla de Clarín nunca habla sólo de Clarín, sino del ariete de los sectores concentrados. El ariete que con el tiempo, además de haber sido el vocero y, gracias a eso, se transformó el socio de esos intereses. Primero fue vocero, pero después le dieron Papel Prensa, después vino el cable, con nuestros errores. Después el campo, pero de esos sectores ya tampoco eran voceros sino socios... Los gobiernos pasan y son ellos los que están agarrados del poder.

La operación y la oposición

Antes habíamos hablado de la decisión y de la vocación de su padre, que no pudo parar el motor encendido de la política. Esta vez le pregunto cómo afrontó la operación en el cráneo a la que fue sometida su madre a principios de octubre pasado, después de una caída doméstica en Olivos.
–Uno la ve que atraviesa situaciones y después sale con fuerza, pero claro, está presente lo que pasó con Néstor. Cuando apenas asumió el segundo mandato hubo que atravesar el tema de la tiroides. Y después esta otra operación. Uno no es insensible ni a lo que tiene que pasar ella ni a la virulencia con la que la atacan. Uno quisiera, uno está tentado muchas veces de salir a decir o a hacer cosas para defenderla, pero las responsabilidades son las responsabilidades, y además la que manda en cualquier situación, incluso en ésta, es ella. Pero creo que la sociedad también tiene un techo para eso. Incluso los que no están de acuerdo, incluso los que la critican: hay un límite. Y saben, perciben que Cristina es el último dique de contención que hay hoy en la política argentina contra los intereses que hicieron de la Argentina un país invivible y que tuvo su corolario final en 2001. Creo que hoy no hay ningún otro dirigente político que exprese esa contención, porque para ganar espacio han transado con esos intereses. La sociedad puede estar más o menos enojada con no-sotros, pero percibe a los otros candidatos, al menos hoy, como meros alfiles de esos poderes. Y eso nunca mejorará la vida del pueblo.
¿Y cómo visualiza o avizora Máximo Kirchner el vínculo con sectores opositores? O todavía más: ¿cómo concibe el rol de un opositor?
–Yo no voy a hacer lo que nos hacen a nosotros. Y quizás en algún punto eso sea un problema para no-sotros en el futuro. Pero creemos firmemente que uno tiene que construir siempre, desde el oficialismo y desde la oposición. (...) Nosotros no queremos ser como ellos. De ninguna manera queremos falsear la lectura de la realidad para perjudicar a un adversario. Necesitan hacer que, más allá de los problemas genuinos que tenemos –que no los negamos, como no negamos las contradicciones–, necesitan desesperadamente su fracaso, convirtiendo ese fracaso en el de todos. Y de esa manera nunca van a nacer opciones superadoras. Esto es lo preocupante de este país, hoy. Que quieren que Cristina termine mal, y no tienen nada mejor para ofrecer. No-sotros creemos que si perdemos porque aparece algo que nos supera y nos mejora en términos de un proyecto que incluya y que beneficie a la enorme mayoría de los argentinos, bancamos, está bien. Pero no es eso lo que pasa. (...) Acá hay que trabajar y trabajar con todos los que sea posible. Lo que más bronca me dio el año pasado es que nosotros, en la tragedia de La Plata, en las inundaciones, nos pusimos a trabajar sin pausa, sin dormir, sin respiro, y en el medio de tantas necesidades nos encontramos con que el gran tema, el gran debate, fue pechera sí o pechera no, en esa discusión entre el compañero Andrés Larroque y el periodista Juan Miceli. (...) Yo me alegraría si pasa un desastre en mi barrio y aparecen pecheras radicales o troscas o lo que fuera, incluso Melconian con veinte pibes de amarillo, dispuestos a dar una mano. Creemos en eso cuando lo hacemos nosotros y cuando lo hacen los demás también. Que convenzan trabajando, no desde la tele. Que convenzan en el territorio, con capacidad de gestión. Porque para poner en marcha un operativo de organización tan grande como el que hubo en La Plata tiene que haber capacidad de gestión. Si no avanzamos así, ¿qué nos queda? ¿Volver a venderse por televisión? Y ojo, porque muchos de los políticos que hoy critican desde la televisión no te pisan un solo barrio, y si están hoy en la televisión es porque hubo diez años en los que pudieron volver a salir a flote después de que en 2001 todos fueron arrasados. Si hoy reaparecen personajes que se dedicaron a ajustar y durante un largo tiempo tuvieron que mantenerse en la sombra es porque hubo un tipo que entre 2003 y 2007 se dedicó a laburarse todo, y porque Cristina desde 2007 se entregó en cuerpo y alma a cumplir con sus responsabilidades para construir un país más justo que el que teníamos el 25 de mayo de 2003, cuando nadie daba nada ni por Néstor ni por el país.